
Editorial: ¿Presidente o caos?
Si una característica tiene el esquema de gobierno de la argentina es su presidencialismo unánimemente aceptado y propiciado. Mas allá de lo que establece la letra de la constitución sobre los tres poderes y la independencia entre ellos, incluyendo la reforma del ´94 que impuso la figura del jefe de gabinete o de ministros y que por encima de las intenciones de sus impulsores nunca pudo alcanzar la dimensión imaginada y no ha pasado de ser un funcionario mas, al que de vez en cuando se le encarga que pase por el Congreso a hacer como que informa de la gestión del ejecutivo y como que responde a las preguntas de los legisladores, el mando no es repartido.
Lo cierto es que el poder hasta ahora en la argentina está en la persona que usa la banda “y tiene la lapicera” o no está en ningún lado.
Así al menos ocurrió en la historia del país hasta 2019 cuando en la entonces oposición llegó la hora de analizar y diagramar como ganar las elecciones presidenciales de entonces. Pese a la muy criticada gestión económica de la presidencia Macri, el espacio que alguna vez se conoció como peronismo ya totalmente absorbido y reemplazado por el kirchnerismo, comprendió que no alcanzaba con la ayuda del macrismo para imponerse en esos comicios. Todos los estudios indicaban que una candidatura de la ex presidente Cristina Fernández no podría ganar un ballotage en ningún escenario y por lo tanto había que explorar otras alternativas.
Allí llegó el momento de cosechar lo sembrado para el ex jefe de gabinete de la propia Fernández de Kirchner, Sergio Massa.
Desprovisto de todo prurito que le signifique algún escollo a su ambición, el dirigente formado en las filas de la Ucedé de Alvaro Alsogaray y discípulo de Francisco Durañona y Vedia, y que tras militar con Menem y ser rescatado por Eduardo Duhalde, no dudó en sumarse al Kirchnerismo para luego declararse su mas acérrimo adversario hasta enfrentarlo en los comicios de 2013, encabezando una alianza que contó con la sociedad del propio Macri y del actual presidente Alberto Fernández, no dudó un instante en aceptar el convite de la líder ex presidente.
Y en ese punto solo restaba encontrar a alguien para que “hiciera de candidato a presidente” sin restar nada en las urnas, aunque sumara poco. Sobre todo que tuviera un perfil poco progresista para confundir un poco al llamado electorado de centro o de derecha.
No estuvo mal la elección de Alberto Fernández, que al igual que Massa pasó en un santiamén de ser otro ácido crítico de todo lo que tuviera que ver con la ex presidente a ser su “socio” en las apariencias, aunque a decir verdad nunca alcanzó siquiera la condición de un empleado en blanco.
Y con ese esquema plagado de conversos, el objetivo de ganar las elecciones se cumplió. Y a raíz de ello no hubo otra alternativa que hacerse cargo de gobernar el país. Con un Fernández haciendo las veces de presidente (“todo un okupa” lo definieron desde el corazón del kirchnerismo) y su compañera de fórmula moviendo los verdaderos títeres y comenzando a destrozar la teoría del presidencialismo en el país.
Quiso la suerte (así reza una canción popular) que a poco de asumir, el mundo se viera envuelto en una pandemia que al cabo de dos años se llevó millones de vidas en el mismo y mas de cien mil aquí. Nada ni nadie pudo desviar la atención, la preocupación y la mirada de la eterna cuarentena, las vacunas y los protocolos. Casi dos años de una agenda monotemática que alteró todos los planes imaginados.
Comenzando por los de la propia Cristina que debió demorar todo hasta que “pase la tormenta”.
Y cuando ésta amainó, ya estaban en el parabrisas, las elecciones de medio término de 2021. Para ratificar que de peronismo tradicional nada queda ya, el oficialismo perdió las elecciones por amplio margen y en la mayoría de las provincias.
Y entonces, con esta demora, el plan original de la mentora, que además sumaba que sus causas en la justicia no terminaban de “solucionarse” se puso en marcha raudamente. El verdadero dueño del poder, se convirtió en gobierno y oposición a la vez. Nadie esmeriló tanto la figura presidencial como el propio kirchnerismo. Nadie le negó tanto apoyo parlamentario como sus propios legisladores. Nadie acusó tan brutalmente al presidente como sus propios aliados y la mismísima vicepresidente.
Hasta que ya abrumado por la realidad y caído totalmente en desgracia Alberto necesitó solo un empujón final de los gobernadores propios para “abdicar” aunque por ahora manteniendo ciertas formas como la de habitar en la quinta de Olivos aunque mas no sea para compartir noches de guitarras con amigos y cumplir con algunos actos de protocolo.
Llega al gabinete con el sueño cumplido de algunos caprichos, la otra pata de este triángulo. Massa deja la presidencia de Diputados y se convierte en el titular de Economía con otras dependencias que le garanticen darle empleo a sus seguidores y se respira un aire hasta de cierto triunfalismo que emana desde lo alto del propio poder como si algo mágico estuviera arribando y de pronto, cual un refuerzo de la vacuna, los males se fueran yendo.
Es fácil y hasta parece necesario caer en la aclaración de que “todos deseamos que le vaya bien a esta última bala” (D´elía), pero no ejercemos el periodismo y sobre todo de editorial, para expresar meros deseos.
Lo real y palpable, es que un presidente sin la plenitud de su “lapicera” al cabo de algo mas de dos años ha llevado en todos los aspectos al país a una de las situaciones mas graves que se recuerda, al menos en mucho tiempo. Creer que la solución o salida de la misma, se consigue arrastrándolo al menor valor que haya mostrado presidente argentino alguno en la historia, es cuanto menos quimérico. La historia sigue diciendo que en este país presidencialista por excelencia no se aceptan otras alternativas. Y esa misma historia, indica claramente como fue el final de cada intento de gobernar teniendo el poder entre bambalinas.
Y ahora le damos lugar al deseo: ojala todo sea para bien y nuestros expresados temores se den de bruces contra el futuro.
De ser así, habrá que entender que en la Argentina nace una nueva forma de gobernarla. Cuyo nombre tampoco conocemos, pero que vendrá a enterrar 170 años de una experiencia piramidal, en cuya cúspide siempre estuvo el presidente o el caos.
(Editorial publicada en la edición del semanario TIEMPO de Ranchos del 05 de agosto de 2022)
