Editorial: Todos por el oro. Nadie por el bronce.
A mitad de semana el gobierno nacional debió reemplazar a dos ministros de su gabinete por cuestiones estrictamente electorales y no por hacer bien o mal sus tareas, y al margen de “estos detalles”, las ceremonias sirvieron para poner blanco sobre negro en la triste y pandémica realidad argentina.
Claro está, para no pasarla por alto, la evidencia que muestra que lo electoral está muy por encima de la responsabilidad de gobernar toda vez que se privilegia la conformación de sus listas antes que el gabinete. Un ejemplo claro es el del ministerio de Defensa. Allí al asumir el actual gobierno fue designado un funcionario con experiencia y que ya había pasado por dicha cartera como es el caso de Agustín Rossi, Pero bastó que llegara la época de elecciones para que Rossi pasara a ser candidato (del espacio del gobierno que lo habilitó a serlo) y entonces venga en su reemplazo un dirigente que “jamás” tuvo relación con la cartera, salvo su consabida adversión por todo lo que sea Fuerzas Armadas y una pésima relación con los altos mandos. Un disparate que no puede generar nada fructífero en su gestión. Todo lo contrario.
Otro tanto puede decirse del segundo caso. Ningún ministro llegó al gabinete nacional en diciembre de 2019 con igual respaldo y expectativa como el masista Arroyo en Desarrollo Social. Sin dudas fue el ministro más anunciado y sobre el que mas esperanzas se fundaron. Nadie salió ahora a decir si fracasó, si él no desea integrar más el gobierno, pero lo cierto es que se fue de su trabajo para integrar las listas, aún en un lugar nada destacado.
Como convencernos a partir de estos ejemplos que para el gobierno lo más importante es gobernar en beneficio de la ciudadanía y no ganar elecciones en aras de su propio poder.
Aclarado este ítem, lo que ocurrió en la tarde de los juramentos asombra hasta en esta argentina del todo es posible. Uno de los ya cientos de Movimientos Sociales (como elegantemente se llaman) o una mezcla de ellos, congregó varios cientos de manifestantes cortando la ya intransitable avenida 9 de Julio para reclamarle al ministro de Desarrollo Social mas y mejores planes, “antes que éste asumiera”.
Inédito. Increíble. Y si no fuera por el drama que encierra daría para una serie de ficción.
Mientras aguardaba prestar juramento de práctica, Zabaleta el nuevo funcionario, imaginaba como re-solver su primer minuto de ministro. Naturalmente, que de inmediato hubo “negociaciones” con quienes exigen que los planes sean de un monto equivalente a un salario mínimo (unos $ 29.000) o sea, unos cuantos miles por encima de lo que cobra un jubilado de la básica que aportó treinta años para este derecho.
Tras el “buen gesto” de los manifestantes que con la promesa de ser recibidos la próxima semana desalojaron la famosa avenida, el lugar quedó disponible para la nueva protesta de otras organizaciones, en este caso las relacionadas a temas de género, trans, binarios y otras denominaciones que en algunos casos aún no manejamos con rigurosidad.
También dirigidas al mismo ministro (y a todo que se quiera hacer cargo) las quejas fueron por otros pro-gramas de asistencia, por cupos “laborales” y mas beneficios.
Naturalmente que “negociación” mediante el ministro quedó comprometido a alguna respuesta positiva en
los próximos días.
Claro que no terminó todo allí y por estas horas son otros los que marchan, cortan y piden. Como en la canción muy popular unos se van “y otra ocupará tu lugar”.
Lo relatado sorprende al mundo “civilizado” aunque por cierto no hace más que pintar nítidamente el país que ya hemos conseguido y la sociedad que somos, corriendo a las urnas a seguir votando a los conductores que nos marcharon por este camino. En 1983, la dramática dictadura le entregó a la democracia una economía con diez por ciento de pobres. Hoy esa línea supera el cuarenta por ciento. ¿Y nadie es responsable de estos resultados? Y en todo caso, ¿Cabe esperar de los mismos, otro destino?.
Seguramente no. Y hasta rotundamente no dirían en esa sociedad civilizada.
Aquí se saltea la cola para renovarles el crédito.
Resulta muy evidente que lo electoral está por encima de todo. Emisión de dinero descontrolado para generar “falsa felicidad” por un par de meses a sabiendas que el choque inevitable será tremendo. Quizás sin antecedentes en la historia toda del país. Anuncios de programas nuevos todos los días por parte del propio presidente como si cada 24 horas descubrieran una rama mas de la panacea. Una campaña publicitaria (de casi todos) mostrando que nos consideran ingenuos seguidores de “dibus” y mensajes que convierten a la vieja versión de la Felicidad de Palito Ortega en una inocente canción infantil.
Venimos hace rato en el Titanic, pero todo indica que nadie sabe lo del iceberg. Y por supuesto, la comandancia nos sigue arengando con la mejor música y brindis sin límite en la proa.
¿Nadie piensa, siquiera por vanidad, en pasar a la historia, procurando cambiar el rumbo para lo cual el primer paso es convocar al gran consenso con todos y en el primer anuncio dar cuenta de qué está dispuesto a desprenderse el convocante?. ¿Todos serán tan pequeños como para quedarse en la confortable zona de la pelea contra el otro, que es lo mas simple y sencillo de hacer?. ¿Todos seguirán convencidos que la puja es por el oro, mientras nadie piensa en el bronce?.
La suerte parece echada, salvo un milagro que como todos son eso. Y tal vez, los argentinos ya hayamos te-nido el nuestro que es el que nos permitió llegar hasta acá. Si no hay en este panorama que hemos descripto una sola voz que se haya escuchado diciendo con todas las letras que no hay mas mecha para seguir de protesta en protesta. De plan en plan. De ministro en ministro. Y hasta de gobierno en gobierno. Ni aquellos que saben que no serán gobierno en mucho tiempo se animan a “cantar verdades” por el temor de perder algún voto en las urnas, ¿Cómo esperar que alguien de los “competitivos” lo haga y mucho menos que los que gobiernan lo ejecuten?.
Ya no hay impuesto “excepcional” a la riqueza que aguante. Ni los nuevos que están por crearse. El impuesto a la pobreza nos llegará a todos inexorablemente.
Vale tomar una frase feliz de uno de los pocos di-rigentes sensatos que aún navega nuestras aguas: “Nos separa de la salvación un muro de ignorancia, rodeado de un ejército de odio y venganza”.
Derribar ese muro parece una empresa demasiado compleja para nosotros como sociedad. Y el iceberg es demasiado grande como para no hundirnos.
(Editorial publicada en la edición de TIEMPO de Ranchos del 13 de agosto de 2021)
