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Editorial: No hay vacunas contra el viva la pepa

Los argentinos somos poco afectos a que nos impongan normas, nos señalen compromisos o nos determinen límites de cualquier tipo. Somos los que aprendimos ese viejo axioma populista de «donde hay una necesidad hay un derecho» pero al que nunca le completamos el resto de la frase con «….y donde hay un derecho hay una obligación».
Vivimos remitiendo a la Carta Magna pero solo a su declaración de derechos. De las obligaciones nadie se da por enterado.
Y así, todo lo que forma el gran entramado de normas para una sociedad organizada aquí se asemeja a atropellos. Falta de garantías. Veto a las libertades.
Para el argentino medio, los derechos a la libertad individual son comparables al «viva la pepa» de una anarquía.
Se ha llegado al disparate de quitar del idioma la palabra «represión» porque algunos vivos que se han «hecho la América» levantando banderas de derechos desde posiciones bastante «torcidas» aducen que el término es patrimonio de dictadores, milicos que en todo caso cometieron delitos. Y eso nada tiene que ver con reprimir en el marco de la ley y los organismos responsables de ejecutarla.
Pero esto no es todo lo grave que puede establecerse. Porque bien podría entenderse este ADN argentino como una clara tendencia a la responsabilidad individual que rechaza las imposiciones externas por su propia exigencia autoimpuesta a la que se somete.
Está claro que no es republicanismo esto. Pero al menos una teoría a discutir. La cuestión es que la impronta ya arraigada y definida como «gen argento» es que no aceptamos el orden establecido, pero no nos imponemos en su lugar ninguna otra regla que la reemplace con similar valor.
Nooo. De ninguna manera. Rechazamos lo que nos imponen como ciudadanos, para manejarnos con un libertinaje tramposo, clandestino y orillero.
No nos molesta tanto que nos digan como hacer las cosas bien.
Nos molesta hacerlas bien, que es algo muy diferente.
Claramente lo dicho queda demostrado en este largo año de restricciones pandémicas. No hay dudas que durante el mismo los gobernantes han cometido errores. El plan de obtención de vacunas del gobierno nacional ha sido tan amateur e improvisado que destruye cualquier intento del presidente Fernández de decir en sus cadenas «yo tenía razón». Hay otros errores graves y evidentes. Como los han cometido gobernadores e intendentes de todos los distritos. Y la dirigencia de «todos los palos».
Sin embargo no siempre las críticas mas bullangueras y trascendentes son por esos errores, ¡Suelen escucharse mas críticas por lo sensato que por esos yerros!
Aparece reiteradamente el reclamo por nuestros derechos individuales «atropellados» por algunas medidas tomadas en esta emergencia. Pero mucho de esos reclamos se traducen luego en el deseo del reclamante de irse un fin de semana de vacaciones, o seguir jugando al fútbol o…….viva la pepa.
Y una sociedad que no se impone a si misma compromisos, empatía, respeto por el prójimo, responsabilidad, pero tampoco acepta que el estado «le ponga los puntos» no tiene otro final que el desastre propio del desorden.
Ocupar los primeros lugares del contexto mundial en contagios, también en fallecidos en proporción a la población no es precisamente comparable a ocupar esos lugares por cantidad de vacunados que es don-de se invierten las posiciones. Y nadie, con mediana objetividad podrá restarle responsabilidad a los gobernantes en eso. A los mismos que se les señala «con pelos y señales» cada anuncio que nos disgusta. Pero al momento del comportamiento social nadie se empeña en mostrarse mejor que esos anuncios.
Transgresiones, clandestinidad, falta de atención a los protocolos, manifestaciones públicas sin distanciamientos ni protecciones.
Somos tan malos o peores que lo que criticamos.
Todos sabemos que debería hacer el presidente, pero pocos sabemos que debemos hacer como simples ciudadanos.
Extraño nó???.
Y para colmo, de esa sociedad van saliendo los in-tendentes, gobernadores y presidentes de cada turno. Y es ahí cuando queda muy claro que aquél que no sabía como cumplir su rol de ciudadano, tampoco sabe mucho que hacer gobernando.
Y para colmo Sarmiento no tuvo mejor idea que morirse y de educar al soberano cada día se trata menos…
Por eso: cuando se repite la pregunta de cuanto durará esta crisis en la Argentina y algunos calculan en base a la llegada de vacunas, otros con pasar el invierno, otros con «la vuelta a la normalidad», descreemos de todos esas estimaciones.
Solo un volver a empezar, como el gran sanjuanino con los isleros de Tigre, retornando al país que lucha por derechos que imponen obligaciones; por ciudadanos que sepan como llevar adelante su compromiso de vivir en sociedad y con el paso del tiempo llegar a elegir de ellos, a los que por méritos merezcan gobernarnos, ni millones de vacunas, ni una primavera eterna ni mil confinamientos nos salvarán.
Porque aunque maltrechos y «chamuscados», del Covid la mayoría volverá.
De la creciente e imparable ignorancia individual y colectiva no se conoce salvación.
Y mucho menos si ni siquiera se acepta un diagnóstico que confirme el cuadro como ocurre aquí desde hace muchas décadas.

(Editorial publicada en la edición de TIEMPO de Ranchos del 28 de mayo de 2021)

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