Editorial: PIENSO, LUEGO VOTO
Por Héctor Ricardo Olivera

La Política en nuestro País nos somete a presiones y dudas de muy difícil solución.
Somos una Democracia adolescente y como tal adolecemos de pensamientos sólidos que hagan posible la sana competencia, la diversidad de ideas y la convivencia pacífica que sería de desear.
En esta condición estamos cada día más cerca de lo que será una especie de «día D» realmente más cruel y exigente que el desembarco en Normandía el 6 de junio de 1944.
Las alternativas no ofrecen demasiados encantos.
Uno, el Ministro/candidato es un mentiroso compulsivo de largo recorrido por escritorios del Estado sin que le importaran los colores como si fuera daltónico.
El otro es una incógnita con algunas exhibiciones de autoritarismo y violencia discursiva que no puede dejarse de tener en cuenta.
La tercera vía es la actitud racional de mantener limpia y blanca la dignidad que permita sumarse a alguna propuesta futura que siempre ocurre porque los pueblos no se suicidan.
Sucede que esta Democracia imperfecta ha devorado a los Partidos Políticos.
Esto significa una dificultad seria que a la vista de lo que tenemos no ha podido resolverse con la creación artificial de uniones transitorias débiles de valores y abundantes de especulaciones mezquinas.
Los dos grandes Partidos que compartieron la marquesina fueron debilitando su presencia paulatinamente.
El Radicalismo durante más de una elección no presentó candidatos propios ni a Presidente ni a Gobernador en la Provincia de Buenos Aires.
El Peronismo, por su lado, se caracterizó por el cambio de nombre pero no de vicios.
Hasta llegó a llamarse FRECILINA, más parecido a un antibiótico que a un Partido Político.
Las bacterias siguen vivitas y coleando…
Por uno y otro camino se fue produciendo un debilitamiento que alejó a los jóvenes y de esta forma la pasión y el sentido de pertenencia entró en una notoria fragilidad.
Hay que admitir que siempre el Peronismo, por su voraz apetencia de poder, se distinguió y logró así más éxitos efímeros.
Alfonsín y Macri fueron los que ganaron elecciones limpias y mano a mano, pero no lograron consolidarse.
No es raro entonces que lleguemos hoy a la situación en que estamos, llenos de dudas, de intrigas pero también, porque así somos los ciudadanos de bien, de esperanzas. Massa es más que conocido.
Es una mentira andando, un desvergonzado que
dice y hace contradicciones idiotas que cuesta tolerar.
Despilfarra dineros públicos porque como todo conservador imagina que la gente se puede comprar con una jubilación de miseria anticipada, un crédito a tasa subsidiada o un bonito más para decir «acá estoy yo».
El otro supone un cambio, pero un cambio poco claro y no del todo entendible.
Lo único real y tangible es que mientras el ballotage es el centro de atención el Gobierno aprovecha para intentar que pasen al olvido sus fechorías.
La ex Jueza Figueroa pide que la devuelvan a su cargo y le paguen los meses que no trabajó y ya no le corresponden.
El Ministro Katopodis anda por micros y trenes como un vendedor ambulante ofreciendo a Massa «para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero» sin vergüenza y con total caradurez.
Insaurralde es un desaparecido de la Democracia y se esconde como se escondía el hilo dental de la tanga de su tripulante femenina en el yate.
El caso «Chocolate» parece encaminado por la buena senda de la Justicia.
Solo un triunfo de Massa podría frenarlo.
Llama la atención el silencio patético de los Diputados, que son 92 pero parecen no existir.
La nota de ayer en la Nación del periodista Hugo Alconada Mon es un soplo de aire fresco que alienta la esperanza de que los Alioni, padre e hijo, ultra massistas ambos, terminen adentro.
Una nota reciente del Washington Post nos definió con precisión.
Los argentinos, dijo el editorialista, padecen lo que desean.
Suena complicado, pero es así.
Una campaña de adoctrinamiento desde 1945 nos ha inducido a despreciar la riqueza.
Es un desprecio selectivo.
Nos parece bien la expresión del Papa peronista que dijo que «la riqueza es el estiércol del diablo».
Entonces caemos en el argumento populista de despreciar al que se hizo rico por su trabajo, su inteligencia y su mérito.
No pensamos lo mismo del que se hizo rico robando dineros públicos, administrando fraudulentamente sindicatos y planes sociales.
Ese es un «vivo».
Por lo que se ve, hay mucho por hacer y mucho que pensar primero.
Porque no es cuestión de fe simbólica y mitológica lo que nos llevará a buen puerto.
Será la honradez en las formas y en los contenidos, las manos limpias como las de Illia y el orden social democrático lo que nos libren de tanto mal.
05/11/2023
