Editorial: Un resultado previsible

En nuestras vidas cotidianas somos testigos ya casi desatentos de una enorme cantidad de anormalidades que como hemos ido naturalizando asumimos con absoluta habitualidad y sin que nos despierten al menos alguna curiosidad. Mucho menos alguna reacción, reclamo o intento de modificación.
Basta con observar el tránsito en nuestra ciudad convertido en un verdadero caos sin el más mínimo respeto por las normas, las señalizaciones, el sentido de circulación de las calles y ni siquiera los semáforos. Del estacionamiento casi mejor ni mencionarlo, con los motociclistas que posan sus ciclomotores a mitad de cuadra, junto al cordón de la vereda de forma paralela al mismo colaborando de esta manera a que cada día estacionar en las horas pico en el centro ranchero sea un tanto mas complicado con las consecuentes «paradas en doble fila», en el filo de cada esquina y otras infracciones que no son mas que la consecuencia de todo el caos anterior.
En este desorden, intenta realizar su trabajo la barredora municipal cuyo característico sonar de motores y rodillos acompaña a los rancheros en la nocturnidad. A nadie debe sorprender que digamos que los lugares que puede barrer este equipo es escaso. Poco. Poquito.
Y es que todo el ejido urbano tiene sus cuadras ocupadas por los autos que duermen en la calle en las horas de barrido. Por lo tanto, al menos uno de los laterales de todas las calles, ni se enteran de esos rodillos limpiadores, Y mantienen sus hojas, sus montoncitos de basura de los frentistas, sus deshechos que naturalmente cuando llegan las lluvias (tan escasas por ahora) se encarguen de llevar todo ese sedimento a las bocas de desagüe y a los entubamientos pertinentes.
Hace años, cuando en realidad el Concejo Deliberante ponía bastante mas atención en estos detalles, aprobó una Ordenanza (ya que jamás fue derogada la misma está vigente) que establecía un cronograma de estacionamiento noche por noche en el ejido urbano, rotando de uno a otro lateral noche por medio. Esta medida, tendía a que la recientemente incorporada máquina barriera ambos flancos de cada calle sin contratiempos. No hace falta decir que hace años que esto no se cumple ni tampoco otra alternativa que haga eficiente la misión para la cual se compró el instrumento, se paga al personal que la maneja, se financia su mantenimiento y su funcionamiento.
Podríamos seguir con una larga lista cada día más creciente de transgresiones e inobservancia de normas. Del estacionamiento a no menos de 20 cms del cordón de la vereda para que puedan utilizarse los cepillos de mano que usa el personal de barrido de mano ni hablar. Del sentido y orden para caminar, circular en bici o en auto en la circunvalación de la laguna tampoco. Basta que se señalice que hay que circular en el sentido de las agujas del reloj para que más de la mitad de los asistentes lo hagan en sentido contrario. Si se les pregunta la razón a lo sumo responden algo así como «per jodere» .
Todo lo descripto bien puede sintetizarse e incluirse en un término sintetizador: desorden. Y si la real academia, el idioma inclusivo y otras modernidades no nos han dejado muy fuera de foco, el desorden se corrige con orden.
El peor término al que pueda recurrirse en la argentina. Es tal la degradación general que ha sufrido el mismo que seguramente – junto con otros factores que no vienen aquí al caso – en las recientes elecciones una de las candidatas, en lo previo signada como muy posible aspirante al mejor resultado, hizo de su propuesta de ordenar el país su bandera mas flameante. A eso respondería un tribunero del fútbol «y no la votó ni el loro».
¿En la argentina actual quien quiere y aún menos procura el orden?. Pocos. Casi nadie.
Respetar el orden es cumplir con normas preestablecidas. Reglas que hacen a la conducta de toda la sociedad. Atender a lo escrito y hasta a normas de convivencia que los usos y costumbres han impuesto en una sociedad respetuosa.
«Las damas primeros»; «el asiento para la señora»; «el transeúnte en la línea marcada en las esquinas cruza primero»; y hasta el respetuoso «Buen día…» o «buenas noches». Y hasta el consabido « a las personas mayores se las respeta».
El discurso pseudo progresista que baja desde los altos niveles desde hace años ha llevado a la deformación tal del idioma que han convertido a la disciplina en «comportamientos esclavizantes», al orden en una regla propia de dictaduras y a la democracia en una expresión que «habilita al cualquier cosa».
Y así nos comportamos. Y así nos va.
Recuperar estos valores no es responsabilidad de un gobierno y mucho menos en una gestión. Si el cambio cultural que implica esta de-gradación ha llevado relativamente mucho tiempo, desandar ese camino requerirá no menos del doble del mismo. Y eso si se invierte correctamente el tiempo, los recursos y la convicción para lograrlo.
Por el momento y por lo que muestran gobernantes y aspirantes a serlo, ninguna de las señales que emiten marchan en esa dirección. Por lo tanto lo que nos espera no debiera sorprender a nadie. Y sus consecuencias tampoco.
(Editorial publicada en la edición del viernes 03 de noviembre de 2023 de TIEMPO de Ranchos)
