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Editorial: ¿Experiencia o antecedentes?

Faltan horas para que el primer paso del proceso electoral que lleva a la renovación presidencial se lleve a cabo el domingo y en el proceso de naturalización de todo tipo y volumen de disparates que los argentinos ya hemos aceptado, el grado de sandeces, imprecisiones y mentiras increíbles que se afirman en boca de gobernantes, candidatos y dirigentes de todo pelo y color resultan insultantes al sentido común y a la dignidad humana.

Sin pretender hacer una descripción pormenorizada de todo lo que se puede constatar en todos los archivos de los medios, valen señalar algunos atentados a la comprensión que se repiten ya no por días, sino por horas y hasta en simultáneo en bocas de los “prometedores de turno”.

Claro que resulta bastante ingenuo esperar alguna línea de sensatez en un país que tiene su mayor problema (en medio de tantos que nos agobian en esta situación casi terminal) en la inflación y la pérdida salarial, lleve de candidato presidencial a su superministro de economía. A un funcionario que en el umbral de lo que puede temerse como una escapada inmanejable de la tan temida inflación, lleva largas semanas vestido de candidato y actuando como tal, dejando olvidada su responsabilidad de principal miembro del gabinete gobernante. Sin pretender recordar al padre de la Constitución nacional que con magistral sabiduría sostenía (y sostuvo) en el mismo amanecer de la Patria (1857) que ningún integrante de un gabinete que integrara el mismo en cualquier momento de esa gestión podía presentarse a candidatura alguna en la elección siguiente. Dijo Alberdi: “Si esto se aceptara, se corre el grave riesgo que al momento de tomar decisiones, el funcionario priorice su deseo político personal por encima del bienestar común”.

Claro que no pretendemos tamaña dimensión de estadista. Pero…..

De eso a poner de máximo candidato al único funcionario responsable de subsanar el mayor problema que nos afecta a todos hay un abismo.

No un estadista. Pero al menos podríamos pedir “un cacho” de sensatez.

Por el contrario, nadie pareciera pensar muy en serio en esto y lo que sobran son aplaudidores. Nunca la argentina llegó a tanto. Jamás.

Oír como el ministro-candidato asegura desde el púlpito que será “el presidente que venza la inflación y garantice el poder del salario” en el mismo momento en que el dólar estadounidense alcanza los 600 pesos elevando su relación con el peso en un MIL POR CIENTO en lo que lleva este gobierno y en el año de gestión del mismo funcionario el índice inflacionario supera el ciento diez por ciento anual no sería resistido por ninguna sociedad un poco menos atosigada y sometida que ésta.

Pero ni aun en esto estriba lo más grave. No es en ese púlpito donde está lo mas grave. Lo que ocurre en las tribunas de esos auditorios es lo que nos hace pensar que “casi” todo está perdido. Hace horas nomás pudo verse a la cúpula de toda la Central Gremial de los Trabajadores (CGT) aplaudiendo a palma batiente ese discurso, y garantizando dar batalla desde el “primer minuto a un gobierno opositor” si esto ocurriera, “porque no permitiremos que nos toquen los derechos a los trabajadores”.

¿Puede preguntarse qué derechos no están siendo gravemente ultrajados en esta argentina? CUAL?

¿El acceder a un trabajo digno?. ¿El de salarios acordes?. ¿El de disfrutar de poder ahorrar, de alimentarse del mejor modo, de servicios públicos que se ajusten a sus salarios, de poder viajar, de llenar la heladera, de no endeudarse, de una jubilación digna, de……, y de……, de…….?

¿Cuáles?. No tiene que venir nadie para que esto ocurra. Esta ES la argentina actual.

Y dicho así crudamente, lo expresado tiene todas las aristas de ser una rotunda oposición a la figura del candidato citado. Podría no serlo.

Y podría si en lugar de un discurso inaceptable, inútil y casi sin escrúpulos, hubiera una clara aceptación de la realidad, una explicación sincera con una enumeración de errores propios (y entonces si también los ajenos) y un contundente mensaje de corrección de esos errores para modificar estos males.

Nada de eso ocurre. La única esperanza que se señala es que “los otros son el infierno” (algo así como peores que nosotros) y con esa apelación y el aplauso fácil de los “únicos privilegiados” se avanza en el derrotero de las horas que nos separan de las urnas.

Enfrente también se cuentan algunos aspirantes que se las traen. Están los que señalan ser merecidos sucesores, “porque tenemos experiencia de gobernar”. En clara y directa alusión a dejar en el camino a quien les compite por ese trono sin haber tenido en sus manos algún ejecutivo anteriormente. Allí también se observa al Jefe de la ciudad capital de los argentinos que sin siquiera pedir licencia a su cargo lleva meses y meses con la pilcha de “presidencial”. No escapa al ojo atento (claro está que sobran los ciegos “que no quieren ver” y que son los peores) que lo que llaman experiencia, muchas veces son antecedentes que agravan la pena.

Porque es difícil convencer que su gestión podrá enfrentar a adversarios que ya están poniendo sobre aviso “la guerra que viene”, cuando en su palacio de CABA durante ocho años no pudo terminar con los manteros que le han copado sus calles y veredas. Por-que es difícil creer en la transparencia de su futura gestión, cuando en otra característica sin antecedentes, solo se piensa en “comprar” cuanto comprable hay a la vista, al punto de no poder hallarse en casi todo el territorio que gobierna, siquiera un afiche de su competidor interno. Cuando al mensaje de austeridad, se lo acompaña con aviones Charters, viajando por todas las provincias en cada domingo electoral para tomarse alguna foto con el circunstancial ganador de ese estado. Cuando el dispendio de los recursos abundantes de ese estado hace que están pura y exclusivamente al servicio de esa candidatura. Cuando la “virtud” de acordar con todos, no es mas que una ingenuidad que no requiere mayores explicaciones.

A esto llamamos más que experiencia, antecedentes.

Y entonces quedan en el listado los “buenos por conocer” que apenas si tienen para mostrar son algunas gestiones más o menos aprobables y algunos gestos valorables en esta argentina: aceptar y reconocer algún pasado condenable, aunque ese pasado se remita a largas décadas atrás.

Así las cosas, millones de argentinos llegaremos al momento de decidir el próximo domingo. Y en tales circunstancias parece un deber pedirle a los ciudadanos que no desconozcan su obligación de votar y concurran a las urnas. Pero que atento a lo expresado, esta recomendación no implica que no comprendamos a esos millones de argentinos que a viva voz aseguran que “para que vamos a votar”.

Nadie puede negarles que la mayoría de los candidatos hacen un gran esfuerzo para ayudarlos a esta ausencia.

 

(Editorial publicada en la edición de TIEMPO de Ranchos del 11 de agosto de 2023)

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