Editorial: En la argentina solo cabe esperar la resurrección
Desde aquellos tiempos cuando en las radios se seguían los famosos radioteatros, con figuras como Juan Carlos Chiappe, Héctor Miranda, “el negro” Faustino y tantos otros pasando por las legendarias películas nacionales, extranjeras, blanco y negro, en colores o HD, lo habitual y casi excluyente era que unas y otras tuvieran siempre un final feliz. En todas, el protagonista “bueno” ganaba las peleas, el más honesto y noble se terminaba casando con la mujer más bella. El chico enfermo se curaba y todos en general comían perdices.
Puede decirse que con el tiempo, los autores se volvieron un poco más ingeniosos y hoy los finales suelen ser un tanto más sorpresivos, pero aún así, nadie procura que los espectadores se vayan tras el final espantados y aterrorizados.
Pero hay una serie (demasiado extensa para que sea solo una película) que desde el fondo de su historia nos condena siempre al peor final.
Esa serie es la Argentina.
Ninguno de quienes la vemos (y la vivimos) hemos dejado al comienzo de cada capítulo de esperanzarnos con algo de lo señalado mas arriba: que el defensor de las causas nobles le gane al malvado. Que el honesto se salve del rufián. Que la bella mujer termine al lado del hombre honesto y trabajador. Y que el chico enfermo se cure definitivamente.
Y así como decimos que a los efectos de no caer siempre en lo mismo, los autores y guionistas modernos saben de finales mas complejos, los que escriben los guiones de nuestra realidad ya aburren de previsibles.
Solo que además lo hacen para peor. No hay capítulo de la vida nacional que no termine del peor modo. Largas e interminables décadas viendo pasar por la pantalla de nuestras vidas historias que inexorablemente transitan similar camino y terminan de igual modo: el peor.
En la serie Argentina, resulta imposible ver un capítulo donde el honesto le gane al delincuente. Por el contrario, si o si terminará siendo su víctima. En esta serie, al que madruga, vaya a saber porque designio, es como si Dios no lo ayudara. Y si además trabaja rompiéndose el lomo, terminará mal.
Y la mejor mujer, no termina quedándose con el “bueno” sino con el chamuyero generalmente de buena billetera, y mal habida.
El chico enfermo aquí no se cura y generalmente muere. El que reclama justicia termina su vida sin encontrarla. El jubilado no disfruta su tercera etapa: la padece. Y el estudiante no aprende y el mejor no califica y lo desbanca el amigo del poder.
Es inevitable preguntarse: ¿Qué guionista nos tocó en esta ficción en la que pareciera haberse convertido la vida argentina?.
Y en este tango interminable, un zorzal parece murmurar que tengamos fe. Que cada crisis no es algo malo sino una oportunidad.
¿Qué tango me cantás?. Eso puede ser para otros mundos, pero no para Argentina.
Serie o película. En colores o blanco y negro.
En el cine o en la tele, la serie Argentina tiene un libreto del que no pueden salirse los actores. En algún tiempo se pensaba que no querían hacerlo, pero a esta altura ya es-tamos convencidos que no es cuestión de voluntad.
Algo los lleva inexorablemente a eso. Tienen el gen del escorpión. Antes o después nos clavarán su aguijón.
Es tan contundente este cuadro que describir una dosis de optimismo con el futuro criollo, por pequeño que sea, se convierte en una mentira en si mismo.
No hay que ponerle eufemismos ni nombres raros. Argentina es la condena consumada.
Aunque vale aclararlo. Somos creyentes y confiamos en otra vida después de la actual.
Y es allí tal vez donde nos toque otro guión y seamos actores de reparto de un filme con final feliz.
En la reencarnación.
(Editorial publicada en la edición de TIEMPO de Ranchos del 22 de abril de 2022)
