Editorial: Algo más que una frase original
Solemos los periodistas procurar encontrar simbolismos en episodios que creemos trascendentes en la sociedad, tratar de traducirlos y hasta reducirlos a frases mas o menos felices que se nos ocurren.
Y no hay dudas que lo ocurrido con el resultado electoral de las elecciones PASO en todo el país (al menos en su gran mayoría) con sorpresivos e inesperados guarismos han dado lugar a estas especulaciones en procura de comprender la esencia del mensaje de la sociedad. Y de allí ha nacido este reducción con pretensiones de síntesis abarcativa: Cuando los gobiernos tratan por todos los medios de cambiar a la sociedad en sus pretensiones para llevar-las a las suyas, esa sociedad termina optando por cambiar a sus gobernantes.
Algo o mucho de eso nos parece encontrar en lo pasa-do en la jornada del pasado 12 de septiembre. Hace ya mucho tiempo que desde diversos sectores de la sociedad, tales como fuerzas políticas, dirigentes diversos de la sociedad, gran parte del periodismo y otros miembros de las llamadas fuerzas vivas, alertaban del cansancio que había producido en la población no solo la extremadamente prolongada cuarentena argentina, sino la forma de los diversos gobiernos (con sus diferentes matices) de pararse frente a la pandemia.
Fiel a sus características y su forma de comportarse, el gobernante argentino considera que alcanzar cierta cuota de poder equivale a tener bajo su dominio una gran parte de la vida de sus gobernados. Es propio del criterio que aplica desde hace al menos un siglo nuestra dirigencia gobernante. Bajo diferentes formas, claro, pero apuntando siempre a tener la batuta que marque el compas de nuestras vidas.
Pese a contar con una constitución de neto corte liberal como la de Alberdi,
ya desde comienzos del siglo XX se fue imponiendo el pensamiento de un estado al que bajo las premisas de ordenar, proteger, diseñar o expresiones similares se le fue concediendo el rol de administrador de nuestras existencias, claro naturalmente, a cambio de conculcar de a poco las libertades individuales que nos permiten ser a cada uno dueño y generador de nuestros propios destinos, con el único límite de no interferir en el de-recho del otro a ejercer similar facultad.
Claro que durante mucho tiempo esta extralimitación del estado se llevó a cabo de modo sutil, casi imperceptible y hasta exhibido como una virtud. Salvo esa recordada década del treinta donde por ejemplo a la hora de ejercer el supremo derecho a votar, algunos hacían el favor por el propio ciudadano, lo que vino después no fue precisamente devolverle todos los créditos a los habitantes de este suelo, sino que tras la época del estado agresor, llegó la del estado protector.
Concepto que suena mucho más empático.
Pero que encierra más allá de las formas, la misma concepción. La de decidir por vos.
O la que decidas de acuerdo a lo que el estado y sus ocupantes de turno desean.
Vale recordar, hablando de sutilezas, que el presidente Perón repetía que gobernar es seducir. Frase elegante si las hay.
Lo que nunca se le preguntó al general era seducir para qué. Porque al fin y al cabo lo único importante es el objetivo mucho mas que el método.
Dicho todo esto, y en el convencimiento de esta impronta bien argentina, vale reflexionar sobre el efecto que produjo en los gobernantes argentinos la llegada de esta pandemia que prometió (y en cierto modo cumplió) poner en riesgo la vida de todos los argentinos.
Lo que reinaba en el alma de todo presidente argentino, que es convertirse en el tutor de todos y cada uno de los habitantes, halló de inmediato la razón jamás poseída por nadie.
“No es cuestión de querer ser el estado papá de todos. Ahora es obligación serlo” mas o menos se dijeron a si mismos, y hasta permitiéndonos imaginar que no tuvieron conciencia plena de lo que comenzarían a pergeñar y sus efectos, a la bandera de tener un estado presente, le pusieron tanto extremismo, que con el permiso de la actual diputada Vallejos, usaremos un término muy de ella para catalogar al estado (no al presidente) como un okupa de nuestras vidas.
Debatir cuanto hubo de buenas intenciones en todo lo actuado resulta inútil, porque es contrafáctico. Indemostrable. Solo recurriremos a una frase algo más trascendente que la de la legisladora: de buenas intenciones está lleno el camino al infierno.
Y en ese camino, los argentinos vimos como se nos armaba diariamente la agenda de cada uno de nosotros; de nuestros seres queridos; de nuestros trabajos o profesiones; de nuestro descanso o nuestros proyectos.
De las clases para nuestros hijos. De los momentos más trascendentes de nuestros mayores.
Lo que a todo gobierno siempre le costó, que fue explicar porque nos regulaban todo, al actual se le concedió hacerlo con honor al mérito. “Es para no morirnos”.
¡Pavada de argumento!
Y así todo quedaba en sus manos. Durante un año y medio fuimos los súbditos destinados a obedecer todo cuanto se nos indicara hacer o no hacer.
Claro que había (y aún hay) de que protegernos. Obvio que el estado tiene reservado un rol trascendente porque la Salud es uno de los cuatro pilares fundamentales que esa misma constitución liberal le reserva. Y eso debía y debe hacerlo el estado o al menos coordinarlo.
Pero resulta que eso, precisamente eso, no es lo que mejor hizo nuestro estado en ese año y medio. Desde el primer momento con un ministro del área afirmando que “el virus no llegará o tardará mucho en hacerlo hasta acá” y un mes después había gente internada por el mal, hasta la increíble demora en cerrar fronteras, en negociar vacunas, en hacerlo luego privilegiando ideologías y vaya a saberse que otras razones, negando por la misma ideología otras vacunas tan pedidas por la comunidad que aún anda por allí un despreciable como Copani cantando su dame la Pfiser. Y para que seguir con vacunatorios vip, o fiestas en Olivos. O mentiras estadísticas en abundancia.
Lo peor, fue que se extendió la licencia a todos los aspectos de la vida nacional. Y tanto fue así que ya no solo ejercía el control de nuestras existencias el gobierno nacional, sino que era extensivo a cada gober-nador (casos como los de Formosa o San Luis no deben olvidarse) y hasta a cada intendente.
Todos y cada uno tenían y ejercían sus propios “protocolos”. Un intendente de un distrito vecino llegó a impedirle al intendente local que él en persona viajara un par de veces por semana hasta una farmacia de esa ciudad a buscar los medicamentos PAMI con total descuento para todos los rancheros.
Hasta esto pasó!!!.
Se convirtieron en “patrón y sota” de cada uno de no-sotros. Por casi dos años.
Nos dijeron permanentemente que si debíamos viajar para trabajar que no lo hiciéramos más. Qué si te-níamos determinado rubro de comercio que lo cerráramos (por ejemplo si teníamos una tienda, que no nos preocupáramos porque las grandes cadenas de super que nunca cerraron vestirían a la población), que si nos gustaba o por salud necesitábamos nadar o remar, nos llevarían presos. “Que si no lo entendemos por las buenas, lo entenderíamos por las malas”.
En fin. Nos dijeron que teníamos que cambiar todo. Que estábamos obligados a ser diferentes. Y nos hicieron vivir diferente, más allá de las diferencias que la situación imponía (porque no somos negacionistas). Y hasta se notaba la alegría que les proporcionaba ejercer ese rol.
Estado presente le llaman. Y tanto es así que no ahorraron en publicitar, aún con grandes campañas, lo que hacían con nosotros, sus soldaditos.
Pasaron los años, como dice el tango, y llegaron las elecciones.
Cuando los gobiernos persisten en hacer cambiar a las sociedades que gobiernan, al final cansadas de resistirse, estas optan por cambiar al gobierno.
No nos parece solo una frase original.
(Editorial publicada en la edición de TEIMPO de Ranchos del 01-10-2021)
