Editorial: ¿Será pedir demasiado?
Es demasiado habitual oír hablar del valor de la educación en toda sociedad. De vez en cuando aparece algún dirigente que a la hora de las prioridades que tenemos los argentinos pone en el ta-pete esta materia y hasta muestran ejemplos de naciones que alcanzaron altos estándares de vida y solidez en todos sus aspectos apostando a la educación de sus habitantes.
Pero mientras tanto, la realidad, esa maldita verdad revelada que no siempre pueden disimular nuestros gobernantes, nos sigue mostrando que la actual familia que gobierna el país al asumir en 2003 por vez primera tenía varias provincias sin clases por los reclamos insatisfechos de salarios que demandaban sus gremios. Y ahora, casi 18 años mas tarde y con el cuarto regreso al poder de la misma familia, estamos terminando un año en el que, pandemia y cuarentena criolla por medio, no hubo ni siquiera un mes de clases presenciales y siguen cerradas las aulas, aunque en paralelo funcionan los casinos y sus salas de juego.
En verdad, levantamos la bandera de la educación y abrimos los casinos.
Lo extraño de todo esto es que los dirigentes gremiales docentes que desde antes de que conociéramos el Covid ya habían adelantado que “con este gobierno las clases comienzan en marzo sin discutir las remuneraciones de los maestros”, tema por el cual durante años sumaron meses y meses sin clases en todo el país, hasta ahora no han dicho absolutamente nada de este año perdido, suponiéndose (tal vez de manera equivocada) que antes que sindicalistas son docentes y que antes que temas tales como el sueldo de los maestros les preocupa la educación de los estudiantes.
¡Porque si la educación en la práctica no es prioridad siquiera para los gremios de la educación, pues habrá que recurrir a los sindicatos de bingos y casinos para hallar una mejor respuesta!.
No vale seguir abundando en estas fotos de nuestra realidad porque están demasiado a la vista. Tal vez lo que no se comprenda cabalmente es la consecuencia ya generada en mas de una generación de jóvenes que a todas luces resulta inmodificable. Y en relación a esto, lo primero que resulta necesario aclarar es que la referencia muchas veces se toma como alusión a un determinado sector social casi marginado por la pobreza cuando no la indigencia que en cualquier cálculo (¡decirlo es para sentir ganas de balearse en un rincón¡) alcanza ya al cincuenta por ciento de los argentinos y sobre los cuales ya parece un atropello pedirles determinado grado de educación aunque en realidad resultan ser los que mas la necesiten como única herramienta esperanzadora de sacarlos algún día de esa situación.
Por cierto que la respuesta mas contundente se encuentra en sectores medios a los que suelen considerarse “mas o menos ilustrados”. Es alarmante advertir en un breve diálogo con jóvenes de nuestra ciudad (no porque esto sea patrimonio ranchero, sino para focalizarlo en nuestro ámbito) el déficit de conocimientos elementales que padecen. Ya no pensando en hallar en ellos adolescentes preparados con bases firmes para desarrollarse en estudios superiores, sino en la básica preparación que una persona requiere para mantener diálogos superficiales, comprendiendo lo que escucha y haciéndose entender en lo que expresa.
Ya resulta habitual tener que explicar y hacer comprender textos simples. Referencias habituales. Lugares comunes. Es también habitual oír voces que ante un texto con mas de 50 vocablos se quejen diciendo “escriben (en) difícil”. O refutar cualquier opinión con un fanatismo extremo para terminar a poco andar reconociendo que “ahora que me lo explican lo entiendo”.
Es tal la falta de comprensión del idioma, de cultura general, de temas cotidianos, que a veces es de imaginar que un genio como Tato Bores hoy no podría existir porque los que pueden llegar a entender su humor en general están sordos, y los que tienen capacidad auditiva, sufren una sordera peor.
La vigencia de los protocolos y limitaciones a reuniones ha hecho público un intercambio que este columnista sostuvo con un joven de mas de 20 años y nivel secundario cumplido que nos planteó su enojo y molestia porque en un comentario periodístico hablamos de “algunas fiestas clandestinas” (sin que brindáramos otros detalles de las mismas) y que se nos presentó para decirnos que se sentía aludido porque él había participado de alguna de esas reuniones “que no eran fiestas sino asados”!!!???. Ante nuestra sorpresa (aunque en principio creímos que había alguna broma escondida) el joven redobló la apuesta y nos manifestó: “Me extraña su ignorancia de no saber la diferencia entre fiesta y asado”.
¿Cómo seguir la conversación?. ¿Cómo hilvanar el diálogo?. A raíz de este episodio, un profesional nos llamó días pasados para decirnos que este suceso le permitió advertir el grado de maluso del idioma. “Mi hijo en casa nos planteó la cuestión y a capa y espada sostenía que él también había estado en asados, que no es lo mismo que fiesta. No hubo forma de hacerle entender el paralelismo” nos comentó. Estos progenitores son un profesional y una docente de muchos años de ejercicio y bien puede considerarse a esa familia como de vecinos ilustrados.
Los comunicados diarios que los gobiernos emitieron en torno a la cuestión sanitaria y la pandemia, aceptando que en algunos casos pudieron no ser todo lo claro que debían, pusieron de manifiesto el gravísimo desconcierto general. Un comunicado podía ser interpretado de diez maneras diferentes en un grupo de lectores.
¿Y entonces?. Si debemos aceptar que ya no estamos siquiera en condiciones de ser entendidos por una franja mayoritaria de ciudadanos cuando nos expresamos, como esperar que esa sociedad compare y debata propuestas, discuta ideas y decida sobre el mejor camino para viajar al futuro de la nación?.
Aún nos negamos a aceptar la teoría de la intencionalidad para llegar a este resultado por políticos que aprovecharían esta ignorancia general en beneficio de sus turbias intenciones. Creemos, por ahora solamente en la negligente gestión de años en gobiernos que en educación solo han usado el término para incluirlo en sus discursos. Y nada mas.
Claro que somos convencidos de la viga que significa en el edificio de toda sociedad el saber y es por ello que tamaña decadencia nos lleva a la seguridad de estar en una situación que es aún mucho peor que lo que indican la inflación, la corrida del dólar, la desocupación y otros indicadores. Porque la mayoría de ellos se de-ben a la degradación educativa. Y solo revirtiéndola podremos comenzar a caminar el camino de retorno al progreso y a una sociedad con mejor calidad de vida.
Y eso, como la sombra de un árbol, lleva mucho tiempo aún haciendo las cosas del mejor modo.
No hay corto plazo en la educación de un pueblo. No hay como hacerlo para las próximas elecciones ni para el gobierno venidero.
Solo se puede empezar ya. Y bajo el amparo de todos caminar juntos hacia un destino virtuoso.
Tal vez demasiado pedir, para esta dirigencia criolla que supimos conseguir.
(Editorial publicada en TIEMPO de Ranchos del viernes 11 de diciembre de 2020)
