Editorial: Esta vez no nos alcanzarán los antidepresivos
¿Por qué se produce un estado depresivo? Le pregunté cierta vez a mi terapeuta que me dio una extensa respuesta. En parte de ella me señaló que muchas veces la causa es la decepción que se genera como resultado de un falso o exagerado optimismo en torno a determinada cuestión.
«Toda depresión tiene un cuota mayor o menor de decepción» me reiteró.
Creí entenderlo claramente.
Y esa frase me da vueltas en la cabeza desde que comenzó este proceso electoral en la Argentina y crece con el avance del mismo. Y hasta vuelvo el tiempo atrás y aparece en mi memoria el mismo proceso de hace cuatro años. «La inflación no será un problema en mi gobierno. No es difícil solucionarla» aseguraba entonces el actual presidente que recién a tres años de gobierno reconoció que «pecamos de demasiado optimismo» según dijo en mas de una oportunidad. «Pensamos que sería mas fácil» agregó.
Las elecciones de este domingo parecieran estar definidas en cuanto al resultado en la mayoría de los distritos y categorías. Sobre todo en lo que hace al nivel presidencial. De todos modos, no es una especulación sobre el resultado lo que nos impulsa a tratar esta cuestión, sino lo atinente a la primera frase de esta columna.
Resulta muy fácil advertir que un gran porcentaje de la sociedad muestra un optimismo casi rayano con la euforia ante la posibilidad de un cambio de signo en la presidencia de la nación con el convencimiento de que como por arte de magia estará llegando el fin de nuestros males y el arribo de un tiempo de bonanza que nos hará olvidar todas nuestras penas.
Un excelente terreno para abonar una terrible depresión si la decepción nos alcanzara.
Y es que resulta absolutamente falso creer en la teoría de los gobernantes generadores de bienestar por si solos o por sus gestiones. Sino hubiera sido por los consejos basados en estrategias publicitarias o de marketing, el gobierno que está finalizando su mandato debió ser mas cauto en su campaña presidencial y mucho mas veraz tras asumir contándonos a todos los argentinos la gravedad de la situación que por entonces ya imperaba y lo dificultoso que sería transitar este camino. Era ya un momento para recordar a Garibaldi o Roosevelt con la frase que luego hiciera trascender universalmente Churchill de «lágrimas, sudor y sangre». ¿O qué otra cosa se imponía en un país con un tercio de su población bajo la línea de pobreza, con su capacidad productiva mermada en un cincuenta por ciento, sin una sola estadística cierta, con las relaciones internacionales prácticamente rotas con la mayor parte del planeta, con todas las tarifas de servicios largamente retrasadas, una alta inflación contenida, sin poder liberar los mercados a los que tenía encorsetados para evitar la debacle política y una altísima corrupción que corría los cimientos de la credibilidad social?.
¿O acaso cuatro años sirven para perder tanto la memoria que mas allá de alguna discrepancia menor, no pueda alcanzarse coincidencia con este diagnóstico, al margen de posturas extremas poco afectas al razonamiento empírico y equilibrado de la realidad?.
Cuan diferente hubiera sido una ciudadanía claramente informada de lo existente y el porvenir inmediato.¡Pero sobre todo que distinto hubiera sido todo este triste proceso si los propios gobernantes hubieran tenido bien definido que ese era el país que tomaban y no el que intentaron transmitir y fueron los primeros en comprar!.
Ahora ya está. Ese marketing y ese gran montaje les sirvió para ganar una elección intermedia que fue el principio del fin. Si hasta ahí compraban una realidad por ellos inventada, en esos comicios pareció que la realidad se acomodaba a sus fantasías. Y así estamos.
Hoy, ante una instancia como aquella, pero aún mu-cho mas grave porque todos los índices señalados, salvo alguna excepción fueron empeorados, se abre un nuevo ciclo.
¿Y qué esperamos?. ¿Qué en lugar de Mauricio se llame Alberto?. ¿Qué a uno le digan neoliberal (otro gran invento) y este sea peronista? ¿Qué aquél decía tener el mejor equipo de los últimos cincuenta años y este asegure que pondrá el país de pie?.
La realidad y la dimensión de los problemas que arrastramos los argentinos es de una magnitud tal que nadie en su sano juicio puede creer que algo de todo se solucione con slogans, promesas, pertenencias partidarias o una simple regla de tres.
Alguien alguna vez tendrá que anteponer las obligaciones y los esfuerzos que nos aguardan por en-cima de seguir recitando derechos y beneficios que solo existen en los papeles, en la letra de alguna ley o un pacto de dirigentes pero que en ningún caso se trasuntan en los hechos. Ese país hace mucho que no existe. Mucho.
Y no existirá el 9 de diciembre y tampoco el 11 de ese mes.
Cabe esperar que no vengan las promesas de salidas fáciles. De soluciones poco menos que mágicas. Que alguien se encargue de convencer que no todo lo que nos pasa es producto de lo malo que han sido gobernando los que parecen estar yéndose. Porque si así fuera alcanzará solo con ser mas o menos bue-nos en la gestión.
Y no es así. Ser buenos gobernantes es imprescindible. Pero no suficiente.
Esta vez, hasta de la suerte necesitamos.
Y mucho tiempo. Largo camino a recorrer. Mucho mas que los que comprenden un mandato. Y seguramente mas de dos y tres.
Si esto no queda claro en la inmensa mayoría de los argentinos, sea cual fuere el resultado del domingo una nueva decepción y su consecuente depresión serán inevitables.
Y todos tenemos idea de las consecuencias que implica un estado depresivo. En una persona es gravísimo.
En una sociedad, incurable. Ni aunque sancionen una ley que haga obligatorio el consumo diario de altas dosis de Escitalopram.
(Editorial publicada en TIEMPO de Ranchos el viernes 25 de octubre de 2019)
