La Columna del Domingo por Héctor “Cacho” Olivera: “LA ADICCIÓN A LOS TELEFONITOS AYUDA A LA OPOSICIÓN”
Por Héctor Ricardo Olivera
La tormenta cambiaria que llevó el dólar a $ 28/29parrece haber amainado.
Lo que no cede es sus consecuencias que fundamentalmente elevan los índices de inflación a valores insostenibles.
Ya se sabe que la inflación es el impuesto que más castiga a las clases populares porque cada día alejan de sus aparadores los productos de la canasta básica que alimenta a sus hijos.
Hubo aquí, sin dudas, un error de apreciación original por parte del Gobierno, que en su inicio habló de ese flagelo como si fuera una gripecita otoñal de fácil tratamiento.
Aunque tarde, que vale más que nunca, el Presidente ha reconocido esta equivocación propia en un acto no común de ver a un dirigente político admitiendo errores propios.
A este tema se suman los dramas del déficit fiscal, el aislamiento del Mundo, la corrupción que llevó el costo de la obra pública al 40 % más que su valor real, la epidemia populista de vivir del subsidio y las tarifas regaladas.
Esta herencia es la que es y aprieta como un torniquete que estrangula los mejores intentos.
El panorama facilita la tarea de obstrucción de sectores radicalizados de la oposición que encuentran un campo fértil para su siembra de desesperanza y malos augurios.
Se juntan allí actores que no llenan los teatros y van entonces a las calles que llenan los grupos de izquierda radicalizada, los fieles de la ex Presidenta y algunos desplazados que intentan revivir con oxígeno prestado.
El periodismo tiene también una capacidad de asociarse a los anuncios de cataclismo porque por un punto de rating son capaces de superar los límites elementales de la honorabilidad y la información objetiva.
Dicen, quizás con algo de razón, que la misión del Periodismo es mostrar los pozos negros.
Puede que sea, pero no hay dudas que muchos lo hacen con un placer que no tuvieron antes.
Les duele el a cierto como les place el error.
Todos tienen su historia, pero la olvidan y prestamente se refugian en el dogma inventado por ellos mismos que dice que “no se hace periodismo de periodistas”.
Es una especie de asociación ilícita que asegura la impunidad y habilita a todos a hablar de todo, menos de ellos mismos.
Sucede entonces que los que provocaron el incendio quieren ahora aparecer vestidos de bomberos.
Circunstancialmente los ayuda la dificultad real de la gente que no llega a fin de mes.
También los grupos concentrados de la economía que no encuentran escritorios donde pactar acuerdos espurios.
Igual la oligarquía sindical que se resiste a la pérdida de privilegios.
La moda adictiva de los “smart phones” y las redes sociales colaboran involuntariamente con la escena.
Es que todos miramos la pantalla que está a centímetros de nuestros ojos y descartamos así el hábito inteligente de mirar más largo para comprender las dificultades e imaginar el futuro.
Perdemos la paciencia, achicamos la esperanza y la confianza e, involuntariamente somos serviles a los desestabilizadores.
El Gobierno debe unificar sus voces para no confundir y nosotros, los de a pié, debemos alzar la vista para que no nos usen.
La Argentina vivió desde la estabilidad democrática una revolución.
Fue la de Alfonsín padre, que borró del mapa a los militares golpistas.
Ese ejemplo debe alimentar nuestro compromiso para hacer ahora el cambio cultural que nos extirpe los quistes infecciosos del populismo.
