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La Columna del Domingo por Héctor “Cacho” Olivera: “LOS GUARDAPOLVOS YA NO SON TAN BLANCOS”

A los guardapolvos blancos de las maestras les ha sucedido lo que a los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo.
Al poner ambos símbolos al servicio del fundamentalismo partidario han perdido su luz original y se han integrado a la práctica, nunca exenta de alguna mancha, de la politiquería sectaria y especulativa.
Otra coincidencia los identifica: no son ni las Madres en su conjunto ni la mayoría de los maestros los autores del desvío.
En ambos casos se trata de dirigencias que una vez encaramados en el poder usan esos instrumentos para tocar una música que está lejos del sentimiento legítimo de sus representados.
En el caso de los pañuelos la mancha más grande, aunque no la única, es la entronización por parte de la Sra. pastor de Bonafini del represor de la dictadura Teniente General César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani.
En el tema de los guardapolvos el papel corre por cuenta del kirchnerista Roberto Baradel.
La actitud de los docentes ante el Gobierno es absolutamente destituyente porque la decisión de la convocatoria al paro es previa a las negociaciones salariales.
Tal es el grado de politización e irracionalidad que se le declara una huelga nacional al Gobierno del Presidente Macri cuando el Ministerio de Educación de la Nación no tiene escuelas ni maestros a su cargo.
Desde los tiempos de Menem, al que todos estos mismos aplaudían y reverenciaban, los servicios educativos fueron transferidos a las provincias.
Es absurdo, entonces, que en nombre de un reclamo salarial se le plantee un paro al Gobierno que no tiene un solo maestro a su cargo.
Es cierto que no puede cuestionarse la potestad de ese Baradel para hacer lo que le plazca al servicio de su intencionalidad política de apoyar a la ex Presidenta y simultáneamente aspirar a crecer en su aspiración sindical de llegar a presidir la CTA versión Yasky.
Lo que sí es criticable es que sean los maestros los que se dejen engatusar por el sistema enmarañado del sindicalismo argentino que pone lejos de las bases a los personajes que luego son adornados con las cucardas de la nobleza de la aristocracia sindical.
Los chicos, que son la esencia de la función educativa, no figuran en el menú de la dirigencia.
Por el contrario, son el condimento que da fuerza a la medida no solo por la gravedad natural de los días perdidos sino por la repercusión social que significa que los padres que trabajan igual o más que los docentes no sepan qué hacer con sus hijos que no tienen clases.
Ya ha sido dicho por esta columna que el texto constitucional de 1853 declara el derecho de “enseñar y aprender” que hoy debe leerse al revés.
El verdadero derecho es el de “aprender y enseñar” porque el sujeto primario es el alumno a cuyo servicio debe colocarse el maestro, en su condición de servidor público.
Por lo demás jamás se suma al tema del reclamo salarial otro asunto que sea distinto que la lucha por el precio de servicio.
Hay que saber que la mitad de los chicos no terminan el secundario, que la otra mitad no lo inicia y que apenas unos pocos comprenden lo que leen cuando tienen 15 años.
Por eso los sindicatos rechazan las evaluaciones a los docentes que deberían ser normales para alimentar el sentido común de saber cómo estamos para saber entonces qué hacer para cambiar.
Los excesos, como siempre, producen reacciones nunca antes vistas.
Tal es el caso de la cantidad de gente que se ha propuesto para asistir a las escuelas a contener a los chicos los días de paro.
No es, posiblemente, el tiempo justo para encarar esta novedad.
Pero hay que tenerla en cuenta para comprender que por fin algo está cambiando en la sociedad que puede ser la punta de un iceberg nuevo que rompa con el conservadorismo dominante en algunas burocracias.
Objetivamente, los chicos no perderán demasiado en cuanto a sus conocimientos.
Sí lo harán en cuanto a su formación cívica y moral cuando vean a sus maestros vociferando cual vara brava al ritmo murguero de los tamboriles.
En nuestra Provincia el Gobierno de María Eugenia Vidal no ha cerrado el diálogo.

Está bien, porque no puede ponerse a la altura de los “baradeles”, pero será bueno que no retroceda para marcar que no ha venido a declamar un cambio, sino que lo está haciendo.

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