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Editorial: El afán homicida de metodologías productivas

Si bien por algunas cuestiones que parecieran estar ligados a lo ideológico, o ancestros culturales o una simple sinrazón, los movimientos ambientalistas que se han creado en el mundo en las últimas décadas no han resultado una clara atracción para este autor, hoy esta columna editorial se planta en las cuestiones que los han hecho nacer.
Y la temprana aclaración procura darle aún mas sentido al tema a desarrollar. No es desde la vereda de los enrolados en la causa donde se escribe este artículo.
Suelo, por razones personales, recorrer mucho el sur argentino y sobre todo disfrutar de sus inigualables bellezas naturales. Y no porque lo pase observando la cordillera, sus lagos, sus picos nevados que claramente son un regalo al alma, También aprendí a caminar las tardecitas a la vera del Limay o algún otro río y debió pasar mucho tiempo para comprender razonadamente que cosas me hacían un grato ruido en mi interior. En medio de una flora que ha cambiado notablemente en la Patagonia (debido al incremento del promedio de lluvias que se registra ), con grandes arboledas, escuchar el canto de una interminable lista de aves y pájaros suena cual una sinfonía perfecta digna del maestro Baremboin. La naturaleza en su mas encantadora versión.
Pero – y aquí entramos en el tema que mo-tiva este editorial – al observar mas detenidamente este panorama y desde la memoria de alguien nacido y pasado su niñez en el campo, lo que se disfruta es el vuelo y el canto de canarios, calandrias, cardenales, pechitos colorados (que encanto), gorriones, ratitas, colibríes, chingolos, golondrinas, etc, etc.-
¿Qué debiera tener de novedoso lo descripto para un ranchero del campo?. LA SIMPLE REALIDAD DE DARNOS CUENTA QUE TODO ESTO QUE ACOMPAÑO NUESTRA INFANCIA YA NO EXISTE MAS POR ESTAS REGIONES AGRÍCOLAS PORQUE HAY ESPECIES QUE LISA Y LLANAMENTE HAN SIDO ELIMINADAS.
Y tomar conciencia de esta palpable realidad genera una decepción que taladra, lastima, duele.
Hemos matado la esencia de lo que nos proveyó el Señor. Me decía una amiga tan conocedora de esto como quien escribe: « No te das cuenta que ya no hay mas lagunas tampoco. Ya nadie sabe lo que es juntar huevos de gallaretas, patos o cazar una nutria».
Nuestro sur argentino, petrolero y no agrícola, a fuerza de no saber lo que son los herbicidas, agroquímicos y toda esa familia, también se está convirtiendo en un reservorio de lo que el hombre, en su infinito afán de ganar cosechas está destruyendo – y ya destruyó – en nuestra inmensa región bonaerense.
La pregunta es: ¿Tenemos conciencia del daño que estamos recibiendo y que no podemos constatar tan fácilmente como en el caso de nuestra fauna?. ¿Cuánta muerte escondida hay detrás de estos avances tecnológicos ?.
Resulta indispensable para quienes, como aclara el primer párrafo, por cuestiones hasta ignoradas no hemos prestado la debida atención a los defensores del medio ambiente, ecologistas y militantes de estas causas, tomar conciencia y modificar nuestras conductas. No hace falta pasar por ninguna universidad ni graduarse en especialidad alguna para constatar que lo mas sagrado de la vida terrenal que es nuestro hábitat natural está siendo sometido a un ataque bestial, salvaje y sin límites.
Es cierto que por cada canario que ya no canta, circula una camioneta cuatro por cuatro. También que por cada pecho colorado o cada cardenal que ya no oímos, alguien compró un departamento en la costa o hizo dos viajes a Miami.
Pero no es menos cierto, que por cada lechuza que ya no se ve; por cada colibrí que murió o viajó a otras tierras, hay por estos lares, mas enfermedades incurables, mas males que no se conocían y hasta mas familias – entre ellas las de los propios cosecheros – que sienten en su propio seno la existencia de un hijo con un mal que arrastrará toda la vida y que, ni lo duden, en muchos casos tiene que ver directamente con esto que el hombre en su infinita ignorancia y voracidad viene generando desde hace décadas y cada día continúa con renovados entusiasmos homicidas.

(Editorial publicada en la edición del sábado 26 de noviembre de TIEMPO de Ranchos)

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