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Editorial: Gloria a los independentistas de ayer y reclamo para que lleguen los de hoy

Cierto es que en términos modernosos, la independencia de una nación es una cuestión de valor destacado pero relativo, porque son estos los tiempos de la interdependencia globalizada, que puede sonar como algo bastante diferente a lo que los argentinos estamos celebrando con unción por estas horas en referencia puntual a lo que hace hoy 200 años proclamaron los congresales de las provincias unidas del Río de la Plata (desde ese momento las de Sudamérica) llegados desde los mas lejanos puntos del país a Tucumán a tal efecto.
Pero no existen tales diferencias, claro que no. Y no solo por las modificaciones impuestas por el paso del tiempo y las transformaciones en las sociedades, sino porque resulta claro que solo pueden aspirar a integrar ese «supuesto mejor mundo» de los interdependientes, los que primero lograron con-solidar su independencia básica.
Este concepto para ratificar la vigencia y la trascendencia de lo que hicieron aquellos hombres que aprobaron unánimemente el martes de 9 de julio de 1816. Claros, esta-distas, decididos, con coraje los miembros de aquèl congreso que presidiera Narciso Laprida, sentó las bases de una nación que a partir de ese momento debía levantar na-da menos que el edificio de la República.
Y en este cometido, no hemos sido por cierto ni tan claros, ni estadistas, ni decididos ni eficientes las múltiples generaciones que hemos conformado el mapa temporal de es-tos dos siglos.
Hoy, a esta distancia de Tucumán, no resulta difícil imaginar cuan complejo y aventurado era aquella instancia de separarse de la Madre Patria y sus reyes. De su amparo, su patrocinio y hasta su supuesta protección.
Con las fuertes corrientes internas que naturalmente existían en grandes pensadores como era el propio general Manuel Belgrano y su proyecto monárquico americano y los que sin mas ni menos pretendían seguir bajo el ala española.
Hoy cuesta mas comprender como aquella declaración de la Independencia pudo man-tenerse en el tiempo y llegar al presente que lo aprobado en la casa de Bazan de Laguna. Ese Congreso en la Argentina de hoy serviría para una frase modernosa de «no va a andar».
Y aquello no solo anduvo. Sirvió de base para que 35 años mas tarde aparecieran los constitucionalistas que redactaran nuestra carta de República y otros grandes iluminados como Alberdi.
La Argentina se armó a partir del 9 de julio de 1816. Lo que resulta claro es que ese armado nunca se terminó. Y hasta bien puede afirmarse que parte del edificio construido se arruinó por las eternas pujas internas, por la ausencia de un proyecto político ca-paz de abarcar a la inmensa mayoría con toda la diversidad de matices.
La Argentina fue haciendo de las pequeñas diferencias sus grandes motivos de existencia. Y todo ello, bajo los adornos de la corrupción, los tutelajes e intereses externos, la incapacidad de quienes extrañamente llegaron siempre muy fácilmente a los lugares de decisión mas importantes del país.
Y si hacemos referencia a todo esto, es porque es imprescindible la comparancia para medir la estatura de aquellos hombres del ‘16.- Los de una generación que nos legaron una plataforma para lanzarnos al futuro con todas las posibilidades de llegar muy alto y lejos.
Para admitir como de menor a mayor nos fuimos convirtiendo en poco merecedores de ser su sucesión.
Ayer, hoy y mañana confluyen en cualquier análisis que se procure en este bicentenario. Ayer, para inclinarnos ante nuestros ancestros formadores de una nueva y gloriosa nación que dejaron asomando en el horizonte.
Hoy, para darnos cuenta, hasta con una dosis de vergüenza que no estaría mal agregarle al encendido Viva la Patria, un perdón casi resignado.
Y mañana, para imaginar como volver al ayer. A esa generación del Congreso de Tucumán para nutrirnos de aquellos valores. De esas capacidades. De esa visión y des-prendimiento y recién entonces plantarnos ante el universo decididos a declarar la segunda y necesaria Independencia de la Patria.
Una patria donde, como decía Alberdi, lo bueno y lo justo tengan toda la fuerza y no que la fuerza termine imponiendo que es bueno y justo.

(Editorial publicada en la edición del sábado 9 de Julio de 2016 en TIEMPO de Ranchos)

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