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Editorial: Las fronteras argentinas, desde Fierro hasta hoy

Hace pocos días al cumplirse otro aniversario del nacimiento del escritor José Hernandez se celebró – oficialmente muy poco por cierto – el Día de la Tradición. Y la ocasión sirvió para que muchos repasaran, o leyeran por vez primera o escucharan algunas estrofas del libro que inmortalizó al autor.
Como es mas o menos conocido, la obra tiene dos instancias claramente definidas: la primera parte, escrita en 1872 y conocida como «La ida» y lo que es el regreso de Martín Fierro escrito por el mismo Hernandez siete años mas tarde. Polémico con el transcurrir de los años, el relato en poesía que tiene como personaje a un gaucho ( de nombre ficticio) que va pasando de ser un hombre normal y trabajador a un «renegau» que protesta contra el gobierno ( por entonces de Domingo Sarmiento ) por reclutar gauchos para cuidar la frontera.
Mas allá de las polémicas que debatir cuestiones fuera de época y de contexto genera siempre – y a la que somos tan proclives los argentinos -, escritores, políticos y periodistas de reconocido prestigio siguen sosteniendo a la obra como la máxima representación literaria nacional.
Dicho esto a modo de introducción, cabe meternos en lo que puntualmente nos llevó a tomar al Martín Fierro para traerlo a esta columna. Aquél gaucho normal que cantaba:
Yo he conocido esta tierra / en que el paisano vivía / y su ranchito tenía / y sus hijos y mujer…
era una delicia el ver/ cómo pasaba sus días.
Entonces… cuando el lucero / brillaba en el cielo santo,/ y los gallos con su canto/nos decían que el día llegaba,/a la cocina runbiaba/ el gaucho… que era un encanto.
Bien puede parecer trasladado a nuestros días un obrero o un peón de campo de los que quedan pocos por cierto.
Pero lo que no puede ser obviado es el parte del capítulo 3 y siguientes donde repasar las denuncias del gaucho, también nos permiten venir a nuestros días y establecer paralelos:
Dice Fierro:
Cantando estaba una vez/ en una gran diversión,/ y aprovecho la ocasión/ como quiso el Juez de Paz…/ se presentó, y ahi nomás/ hizo arriada en montón.
Juyeron los más matreros/ y lograron escapar:/ yo no quise disparar,/ soy manso y no había porqué,/ muy tranquilo me quedé/ y ansi me dejé agarrar
Allí un gringo con un órgano/ y una mona que bailaba,/ haciéndonos rair estaba,/ cuanto le tocó el arreo,/ ¡tan grande el gringo y tan feo,/ lo viera cómo lloraba!.
A mí el Juez me tomó entre ojos/ en la ultima votación:/ me le había hecho el remolón/ y no me arrimé ese día,/ y él dijo que yo servía/ a los de la esposición.
Y ansí sufrí ese castigo/ tal vez por culpas ajenas,/ que sean malas o sean güeñas/ las listas, siempre me escondo:/ yo soy un gaucho redondo/ y esas cosas no me enllenan.
Al mandarnos nos hicieron/ mas promesas que a un altar,/ el Juez nos jué a proclamar/ y nos dijo muchas veces:/ muchachos, a los seis meses/ los van a ir a relevar.
Y finalmente vale la pena otro tramo de Fierro cuidando la frontera. Invitamos al lector a realizar el siguiente ejercicio: adapte un poco el lenguaje, cambie los Indios por narcos y contrabandistas y acomódese a leer esto de 1872:
!Y que indios, ni que servicio;/ si allí no había ni cuartel!/ nos mandaba el Coronel/ a trabajar en sus chacras,/ y dejábamos las vacas/ que las llevara el infiel.
Yo primero sembré trigo/ y después hice un corral,/ corté adobe pa un tapial,/hice un quincho, corté paja…/¡la pucha que se trabaja/ sin que le larguen un rial!.
Y es lo pior de aquel enriedo/ que si uno anda hinchando el lomo/se le apean como un plomo…/ ¡quién aguanta aquel infierno!/ si eso es servir al gobierno,/ a mi no me gusta el cómo.
Más de un año nos tuvieron/ en esos trabajos duros;/ y los indios, le asiguro/ dentraban cuando querían:/ como no los perseguían,/ siempre andaban sin apuro.
A veces decía al volver/ del campo la descubierta/ que estuvieramos alerta,/ que andaba adentro la indiada,/ porque había una rastrillada/ o estaba una yegua muerta.
Recién entonces salía/ la orden de hacer la riunión,/ y caibamos al cantón/ en pelos y hasta enancaos,/ sin armas, cuatro pelaos/ que ibamos a hacer jabón.
Ahi empezaba el afán/ -se entiende, de puro vicio-/ de enseñarle el ejercicio/ a tanto gaucho recluta,/ con un estrutor… ¡que… bruta!/ que nunca sabía su oficio.
Daban entonces las armas/ pa defender los cantones,/ que eran lanzas y latones/ con ataduras de tiento…/ las de juego no las cuento/ porque no había municiones.
Y un sargento chamuscao/ me contó que las tenían/ pero que ellos la vendían/ para cazar avestruzes;/ y asi andaban noche y día/ déle bala a los ñanduses.
Y cuando se iban los indios/ con lo que habían manotiao,/ salíamos muy apuraos/ a perseguirlos de atrás;/ si no se llevaban más/ es porque no habían hallao.

Si tras esta lectura muy sintetizada por cierto, encuentra algún paralelismo con temas que se discuten y denuncian hoy en las fronteras y en el país interior entonces deberemos coincidir que la raíz de los grandes problemas argentinos vienen de muy lejos.
Y no pasan precisamente por el precio del dólar o por un ministro de economía. Bueno para entenderlo, en estas horas en que se decide entre solo dos postulantes el próximo presidente de los argentinos.-

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