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Editorial: Cuando los amigos son los peores enemigos

Cuidame de mis amigos, que de mis enemigos me cuido solo, repite una frase muy popular. La misma viene a colación de lo que pasa en la Argentina de muchas décadas a esta parte con sus gobiernos y las banderas que cada uno subió al mástil de sus gestiones.
Desde Perón (no desde su llegada al gobierno en 1945, sino desde su arribo al Poder en 1943) a estos días, se han sucedido en la Casa Rosada los mas diversos y posibles gobiernos. democráticos,de facto, dictaduras tremendas y gobiernos solo democráticos en el dibujo; privatistas y estatistas, iguales de convencidos de lo que decían practicar y defender.-
Sin embargo, ninguno de ellos se animó a decir lo que sustancial y esencialmente eran: populistas.
El populismo, que nada tiene que ver con ser defensor de lo popular, sino todo lo contrario, viene a ser como el buen amante a la hora de mantener relaciones con su amada: se ocupa en encontrar lo mas rápido posible los puntos «sensibles» o mejor dicho «vulnerables» de su partenaire, para depositar allí todas sus energías. Su virtud no pasa por mostrarse tal cual es, sino acomodarse a lo que le reclaman las circunstancias. Y actuar en consecuencia, para «movilizar y satisfacer» a su pueblo (o su amante según el ejemplo) y una vez conseguido este objetivo, dedicarse a sus verdaderas intenciones.
El populista siempre se supo acomodar a ese juego: como el buen galán que sabe que perfume obsequiar, adonde invitar a vacacionar y hasta que piropo expresar, el populista siempre supo de las necesidades de esos halagos de los mas desprotegidos. Desde el pan dulce y la sidra de antaño, pasando por sensación de Argentina Potencia, o « la alegría eterna de los bailables del club del clan» ( la televisión con menos descaro que ahora, pero siempre fue una buena herramienta ) y el cine nacional, hasta un mundial de fútbol o la recuperación de las Malvinas.
Siempre hubo una alegría para la «amada» Argentina.- Y la democracia «con la que se vive, se cura y se educa», hasta la maravilla de la moneda mas fuerte del mundo de Menem y el «déme dos» de su economía. Hasta Don Fernando se jactaba de «lo lindo que es dar buenas noticias» como nos repetía hasta por cadena.
Y no hace falta por lo reciente, repasar mucho de lo nuevo. «Una juventud militante maravillosa» que obtiene trabajo de manera mucho mas fácil que el resto de los jóvenes (sino que lo digan los hijos de D´Elía o los cuatro de Zannini), que llegan a ser primeros candidatos a diputados y senadores en los puestos de privilegio sin que en sus pueblos sepan siquiera que piensan de nada importante; Fútbol para todos y todas (y automovilismo, boxeo, fiestas Patrias y lo que «pinte»), siempre y cuando se trate de alegrar a la prenda.
En definitiva: vivir diariamente leyendo la encuesta del día anterior, para decir lo que la gente necesita escuchar y seguir haciendo la propia. Que lamentablemente en general pasa por la corrupción de los negociados, las coimas, los programas que anuncian pero no concretan (podríamos contar por miles estos) y naturalmente obtener mejoras personales que no con-siguen los demás, cosas que no se enteran mientras miran el Fútbol de todos los días, escuchan las cadenas nacionales y se entusiasman con la nueva Argentina Potencia, que si bien ahora no gana mundiales ni recupera Malvinas, tiene menos pobres que Alemania.
Duele hasta el tuétano, sentir un día que somos eso: la amante acariciada de todos los gobiernos de turno. Civiles y militares. Democráticos y de facto. La derecha, como algunos dicen despectivamente o el progresismo, como ellos mismos se autodefinen hinchando el pecho.
Como si esto (y todo lo que implica) fuera poco, en la Argentina, se ha generado una falencia cultural política de tamaña magnitud que superarla llevará generaciones, en el caso que alguna vez nos decidamos a cambiar en serio este mascarón populachero. Y es que en esta fiesta de disfraz que vivimos hace décadas, cada uno adopta el que mejor le calza. En la base de las discusiones políticas argentinas se encuentra la alternativa de privatizadores (las políticas liberales, según sus adversarios) y estatistas (los progresistas y/o los zurditos según los otros) y en ese péndulo hace unos cuantos años que nos tienen entretenidos.
Alfonsín se decía un defensor del estado. Que debía manejar la asistencia a las mesas argentinas con las cajas del PAN (Plan Alimentario Nacional), también tenía Comida para todos (los recordados centros de abastecimientos a precios controlados en la ciudad de Buenos Aires) y bien atada la economía con programas como la tablita de Machinea y el Plan Austral de Sorrowille. Un ejemplo de estatista que por cierto flaco favor le hizo «al estatismo».
Con el péndulo vino el «liberal» y «privatista» Menem.- El que privatizó empresas del estado, puso a un superministro de economía que se decía liberal y contó con varios defensores a ultranza del liberalismo (acordarse de Alsogaray y su tropa) que lo subieron al olimpo del liberalismo. Pocos se dieron cuenta que no hay liberalismo con cambio fijo (uno a uno ); sin respeto irrestricto a la Constitución (nunca tan manoseada y al final reformada) y a la Justicia (¿Se acuerdan de aquella Corte?)
Así terminó el proceso privatista de Menem. Flaco favor le hizo a los liberales.
Y el ciclo siguió con alguien que pretendió ser un híbrido. Una mezcla de ambos ejemplos. Juntando a Chacho Alvarez y todos los progre con Cavallo de superministro. Fácil de advertir: no fue ni una cosa ni otra. Entonces no fue nada y eso es peor. Se tuvo que ir al rato.
Otro flaco favor. Del período interino de Duhalde no resulta tan justo abrir juicios. Porque tomó el mando tras los seis presidentes en 10 días, tranquilizó la situación cuando el país estaba en llamas en serio (no como intentan recordarlo sus sucesores) y convocó a elecciones. Su flaco aporte fue a la democracia: las elecciones realizadas por el duhaldismo fueron un montaje para lograr que Kirchner llegara al Poder. Y lo logró, cosa de la que el primer arrepentido es el propio Duhalde.
Aquí el flaco favor fue a la República.
Y finalmente, otra vez el estatismo en su mayor versión. Aquellos que sostienen que el estado debe controlar, regular, decidir y ordenar la vida de todos los habitantes, dificilmente encuentre un mejor ejemplo que los sucesivos gobiernos del matrimonio Kirchner. En el final del mismo, el gobierno controla quien puede salir del país con su sistema de autorización de divisas: que entra al país, con el control implacable de importaciones. Que información se recibe, con un imperio de medios de prensa propios y de «amigos», nuevos empresarios de cadenas de diarios, radios, canales de televisión, agencias, portales y todo lo demás. A eso se le debe sumar, el uso de los medios del estado ( los que debieran ser de todos y para todos, son los que hacen 6,7,8 y el Espacio Publicitario de horas y horas semanales de Fútbol para Todos ).- Se controla el valor del peso con la existencia paralela de cuatro precio de dólares, el horario de los partidos de fútbol para hacerle competencia a ciertos canales, la justicia con la designación de jueces y fiscales amigos en todos los niveles; las estadísticas, con la virtual eliminación del INDEC, el federalismo, con el ninguneo a las provincias y sus gobernantes, para manejar a los intendentes desde la quinta de Olivos (las provincias son anteriores a la República y por ende invertir el orden del sistema republicano es una violación que no deberíamos soportar). Podría seguirse con este ejemplo pleno y concreto del «estatismo argentino».-
En el final, cuatro años sin crecimiento ni inversiones. Ser uno de los países que paga las tasas mas altas de interés en el mundo. Ubicarse en el puesto 173 en una grilla de 187 países al medirse el crecimiento país, tener una inflación cuanto menos superior al 25 por ciento anual, haber pasado de exportador de petróleo a carecer de luz y gas suficiente para atender las necesidades del verano con su calor y el invierno y su frío, son solo un puñadito de ejemplos para poder afirmar:
Flaco favor al estatismo el de este gobierno.
Por lo tanto: seguir sosteniendo esta discusión que «ellos mismos» nos plantean, es la estrategia de quienes, desde un lado o el otro del mostrador se sirven de la misma, para terminar haciendo lo que si es sostenido por privatistas y estatistas: corrupción, abuso de poder, enriquecimientos personales, amiguismo, pérdida de justicia y finalmente desaparición del estado en sus roles indelegables como es la seguridad, la lucha contra las drogas, la atención de la salud y la educación.
Por eso, sobre todo a las puertas de elecciones tan importantes como las que se acercan, observar como nuevamente las presidenciales tienden a una polarización que algunos buscan sostener como la puja entre «estatistas progresistas» y « liberales privatistas» despierta el temor de seguir en el pasado. En los fracasos que vienen de hace mucho hasta hoy.
Aunque hoy sea muy pronto, para que todos compren-dan lo realizado. Como costó con Alfonsín mientras gobernaba. Y con Menem, mientras ocupaba la Casa Rosada. Porque todos hacen la fiesta. Y la factura los argentinos siempre la recibimos un tiempo después.
Los que hoy no alcanzan a salir de la fiesta actual, también recibirán al cartero y la factura un día antes o un día después.
Por eso volviendo al principio, se ha creado en la Argentina el convencimiento de que «el estado todo lo hace mal» ( Aerolíneas no puede perder 12 millones de pesos por día sin comprar un solo avión ) y los privatistas regalan todo (pero Menem lo hizo), porque entonces no hay opción.-
Claro que el empresariado y los inversores son los que han hecho crecer al mundo en todos los grandes países gobernados con seriedad. Y claro que el estado debe reservarse el poder «político» del país y acudir en ayuda de los privados. Es mas: en los mayores emprendimientos del mundo trabajan asociados, gobiernos y privados.-
No son enemigos, claro que no. Solo que tanto un sistema como el otro, deben cuidarse de quienes levantando sus banderas y en su nombre han hecho y hacen desastres como los que hoy tienen a la Argen-tina en el retraso generalizado que padecemos.
Estatistas y privatistas tiene mucho por hacer en la Argentina que viene. Sobre todo si se ponen de acuerdo en alejarse del peor mal que los puede afectar que es el populismo y se cuidan de sus amigos que son, en ambas orillas, los que se dicen sus mayores defensores y hasta ahora los vienen destrozando.

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