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Editorial: «Desgraciada la generación cuyos jueces merecen ser juzgados» (Tato Bores)

Si hay una frase que ha perdido no solo todo valor, sino respeto, es la tan repetida y mentada « hay que ir a la justicia». Si alguna vez en la Argentina recurrir a la justicia tuvo algún valor y un significado, ambas cosas hoy han dejado de existir en el concepto de someterse al arbitrio de los hombres y mujeres encargados de impartir eso que conceptualmente es tan simple como darle a cada uno lo que le corresponde de acuerdo a su accionar.
Es tan vacuo, tan carente de solidez, de valor el concepto justicia en el país que resulta posible considerar que aún no está totalmente incorporado al pensamiento corriente y a lo que eso implica en la pretensión de ser una República. Es que nada puede sustituir a un confiable Poder judicial en todos sus niveles para asentar la piedra basal de una República. Es con justicia o sin sociedad organizada la opción.
El descaro, el sentimiento de total impunidad, la pérdida absoluta de los valores mínimos que conformaban la personalidad de un miembro de la justicia han superado ya todos los límites que pudieron imaginarse en algún momento.
Es claro y apropiado el concepto de la obra de Hernandez aquí: « Muchas cosas pierde el hombre que a veces las vuelve a hallar (….), pero, si la vergüenza se pierde jamas se vuelve a encontrar»,.
Y es cierto, muy cierto que existen magistrados, abogados, colaboradores en la justicia que sienten hoy mucha vergüenza. Pero ese sentimiento, lejos de rebatir nuestra afirmación, la consolida.
Porque esas mujeres y hombres probos y con valores sienten vergüenza de lo que ocurre en la práctica judicial. En los últimos tiempos – y no tan últimos – asistimos azorados a una serie de fallos en casos de cierta resonancia y conocimiento público que generan pavor.
Terminan siendo mas judiciables los fallos que los delitos investigados.
Vaya una pregunta: ¿Qué es mas condenable? ¿ La serie de delitos de los que son imputados los mas encumbrados hombres del gobierno como el propio vicepresidente o la «lentitud» (en realidad tiene otros nombres mas acordes esta conducta) de la justicia toda en poner blanco sobre negro y determinar si existen delitos y por lo tanto proceder a finalizar el proceso y dictar los fallos pertinentes ?
Que esos fallos en los casos que involucran nada menos que al hombre que es el presidente suplente de la Argentina, lleguen cuando está en esas condiciones el funcionario o cuando ya completó su mandato, que es un rotundo atentado a cualquier estado republicano.
Pocos delitos pueden ser tan condenables, perversos, inadmisibles y asquerosos como la violación ultrajante de un niño. ¿ Pero acaso no es mas perverso y judiciable la conducta de dos jueces de la Cámara de Casación (nada menos que el nivel anterior a la Suprema Corte ) que ante un caso comprobado de abuso a un niño de 6 años, morigeran sustancialmente la condena porque el « niño ya había sido violado y tenía tendencias homosexuales»?
Concretamente: ¿Es mas perverso el violador – con lo esto implica – que los jueces que lo ponen prácticamente de nuevo en la calle para que siga seguramente destrozando la vida de otras criaturas?
Y claro que la nómina de los casos conocidos, con jueces que en ningún caso pagan por sus aberraciones, es interminable.
Imagínese por un instante el lector los miles de casos que por su lejanía, falta de difusión y desconocimiento se producen a diario.
Y en ese contexto, no faltan los que procuran – por razones absolutamente diferentes – tomar este ganado desprestigio de uno de los Poderes de la República, para echar por viejo, a un integrante de la Suprema Corte, que a decir verdad, ya debería estar jubilado a sus 97 años, pero para ello habrá que trabajar en reformas a largo plazo y no coyunturales porque le sirven a unos o por el temor de los otros.
En este contexto, pensar en los grandes resultados que surjan de ellos, es otra ingenuidad de las que solemos hablar bastante seguido en esta columna.
Claro que estamos convencidos que hace mucho mas a la República y a nuestro sistema democrático lograr una justicia eficiente y efectiva, ciega de todo interés sectorial que la corrompa que pasar por las escuelas a elegir un nuevo intendente, gobernador o presidente.
Con esa justicia que reclamamos, cualquiera que sea gobernará mejor que los actuales. Y de lo contrario lo pagará.
Sin ese Poder Judicial, las urnas determinarán el nuevo collar que decorará el principal sillón de la Casa Rosada, las gobernaciones y las alcaldías. Pero será solo el collar.
No hay posibilidad alguna con la perversidad de esta justicia de cambiar el perro. Y en realidad la verdadera democracia debiera ser la que se convierte en la herramienta con la que la ciudadanía, no solo cambia el collar y el perro sino también es capaz de acabar con la rabia.

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