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Editorial: El problema no son sus mentiras, sino creerles.

Usando términos militares, en todos los desafíos que presenta la sociedad hay señales inequívocas que establecen cuando una batalla está perdida. Y a partir de esa convicción, lo que resta tanto en el bando vencedor (cuando este existe ) como en el derrotado (ese siempre está) suelen ser reacciones muy diferentes.
Dicho esto, abordamos un aspecto que atraviesa a la sociedad argentina y que resulta a esta altura una batalla claramente perdida y de costos tan altos como dolorosos para todos.
En la Argentina no solo nos ocurren cosas muy graves y hasta inéditas en cuestiones claves para cualquier sociedad. Eso final-mente no es otra cosa que el desafío del que hablamos mas arriba. Lo peor es la evidente resignación y hasta la alianza que gran par-te de la sociedad, única víctima de todos los males que nos aquejan, muestra de modo creciente con el propio mal.
Como el secuestrado que termina enamorándose de su captor.
Pese a su estigma de poeta de baja estofa, Arjona dice en una de sus populares canciones, el problema no es que me mientas.
El problema es que te creo.
¿ No le resulta, estimado lector, aplicable la frase a mas de una situación cotidiana?
La profunda corrupción que atraviesa horizontalmente a la dirigencia política, empresarial, de la justicia, de seguridad, periodística, institucional, deportiva y de toda índole ha alcanzado niveles jamás vistos y que lejos están de ser patrimonio exclusivo de una fuerza política, aun de la que gobierna el país y la de mayor poder, sino que en sus manos, esa corrupción tiene mucha mayor capacidad de daño.
Pero no le es exclusiva, claro que no.
Sin embargo, la rebelión de los honestos, en general parece solo un espejismo que se muestra cuando la situación lo impone, pero nadie cree que haya bolsones de honestidad dispuestos a seguir blandiendo sus sables y plantándose en el campo de combate.
En la argentina actual, pese a que nos ne-gamos a decirlo en voz alta, la batalla contra la corrupción hoy es una derrota contundente, tan clara como vergonzante, dolorosa.
De costos inimaginables.
Como los muertos en extrañas circunstancias que cada día crecen en número ligados a la moderna actividad financiera y/o empresarial nacional.
Una argentina donde el modelo de empresario pareciera ser el de los personajes Fariña, Elaskar, Suris y súmele apellidos que no le faltarán.- Actividades financieras que no son otra cosa que cuevas al servicio de nuevos millonarios que mas tarde o mas temprano se descubren haciendo grandes negocios con el estado.
Políticos, que cada día se parecen mas entre sí, con similares asesores, preocupados por sus discursos, fotos y colores mucho mas que por los problemas de la gente, claro que representando «distintos proyectos». ¿ Cuáles?
¿ Cómo no serlo si alguno con esas virtudes ha llegado a ocupar la vicepresidencia de la república y la sigue ejerciendo?
¿Cómo hacer para que no le salgan imita-dores en todos los espacios si el premio es tan tentador?
Y en todas las variantes y con todas las vueltas que se le dé a la cuestión.la corrupción es la gran «madre del borrego» de toda esta debacle.
Pero lo peor no son los corruptos que nos rodean. Sino los mansos, cholulos y encandilados aplaudidores que le dan cobertura.
No hace falta ir tan lejos para encontrar ejemplos: es grave lo que ocurre con el actual vicepresidente de la República. Pero debiera preocuparnos mas, la calidez, la admiración y hasta cierta veneración que le dió la población ranchera cuando estuvo aquí, representando al gobierno nacional en el día de la mayor festividad ranchera, sin siquiera llegar vestido dignamente para la ocasión.
Lo grave no fue Boudou. Lo grave es lo que ese día mostramos nosotros.
Y que no debe entenderse con ser descortés, ni ubicarse en otros extremos.
¡ Pero tampoco la pavada!.
Y eso hacemos permanentemente y de modo creciente.
Por lo tanto, vale entender por donde pasan nuestros peores males. Que no es la pérdida de batallas como estas que resultan tan evidentes. Sino la absoluta rendición de todos los jefes para proseguir la guerra.Y en estas condiciones, no hace falta ser Napoleón para imaginar cual será el final de la misma. Ni tampoco la magnitud de sus consecuencias.

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