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Editorial: ¿ Acepta por presidenta a su esposa ? Si. Acepto

Que la democracia criolla a 30 años de su llamada recuperación adolece de debilidades gigantescas, de vacíos que son precipicios agazapados y a la espera y de vicios que la condenan su calidad de vida irremediablemente, resulta casi un a verdad de perogrullo que no requiere de mayores explicitudes para ponerlas de manifiesto. Solo la circunstancia, el entorno y de quien se trate se disimulan o se atenúan estos aspectos, pero solo porque en tales circunstancias la cuestión puede caer en saco propio.
Nada mas.
Pero si lo afirmado es preocupante, mucho mas lo supone la absoluta falta de convicciones en los actores de la misma por dedicarse a «podar» al menos este combo de explosivos que hacen en la práctica que este sistema de gobierno se convierta en muchos casos en un «símil» de aquella que proclamara Alberdi y de cara al futuro en una clara olla de presión a la que pareciera le queremos conocer el límite de su capacidad de resistencia.
Vayamos al grano en una de esas claras y rotundas evidencias. Cuando en 1994 la Asamblea Constituyente que reformó parcialmente la constitución acordó que los mandatos presidenciales pasaran a ser de cuatro años en lugar de los seis vigentes hasta entonces y se permitiera una reelección de manera inmediata a los integrantes de la fórmula ( presidente y/o vice) mucho se argumentó en favor de esos períodos y mas aún se hizo en cuanto a que dos períodos de cuatro años consecutivos eran suficientes y lo posible para que una persona gobernara los destinos de la nación. « Tras ese tiempo se impone que otras personas, con otros equipos, nuevas ideas y nuevos impulsos se hagan cargo de tamaña responsabilidad» se coincidió en amplias mayorías.
La democracia es alternancia se llenaron la boca todos. Y lo firmaron.
Pero en la Argentina es muy usual aquello de que « hecha la trampa, se hace la ley».
Porque apenas transcurrido el primer gobierno que aplicó esa reforma, llegó el sucesor que terminó rápidamente en la notable crisis del 2001 y tras el impasse de las autoridades designadas por la asamblea legislativa ( ¡ Cuántas dudas nos genera desde hace años que nos resulte el gobierno mas sensato y que pudo sacar al país del fondo del abismo justo un gobierno no electo por el voto popular y que no se postuló para sucederse ! ) llegó al gobierno nacional un presidente que casi de inmediato instaló la idea que en realidad lo que llegaba era un matrimonio ( sin eufemismos: marido y mujer) que utilizando lo que no estaba escrito en la constitución, esto es la clara incompatibilidad que debiera tener una sociedad conyugal para considerarse la renovación de uno al otro, se quedarían en el poder al menos todo el tiempo que los votos se lo permitieran.
Y por lo tanto, al diablo con la constitución que NUNCA DIJO QUE CON SOLO CONTAR CON LOS VOTOS UN PRESIDENTE SE PUEDE QUEDAR TODO LO QUE QUIERA.
Y así el texto de la carta magna quedó hecho trizas con el solo slogan de « pingüino o pingüina».
Si esta cuestión central para el debate serio de una república es grave, mucho mas lo es que nadie,
( NADIE ) en todo el arco opositor exprese el grado
de inconstitucionalidad que esta práctica acarrea y que es imperativo quitarla de las prácticas y ponerle un claro freno a estos ejemplos. Si el marido ( o viceversa ) resulta titular del gobierno del país, su legítima esposa deberá tener el límite de llegar hasta determinado escalón. Jamás convertirse en la extensión de un mandato que se convierte en un mero bien ganancial.
Y para quienes digan que hace falta volver a reformar la constitución, vaya que hasta tanto alcanza con un compromiso formal y público de todas las fuerzas y sus candidatos de no sumar luego a sus esposas y familiares al menos hasta de tercer grado.
Tan lejos estamos de esto, que lo que ocurre es más parecido a lo contrario. Las esposas de los que hoy aparecen como mas empinados dirigentes jugaron roles decisivos en la última campaña. La de Scioli, de Massa, de de Narvaez, etc. etc.-
No importa de donde vienen. Todas van para el mismo lado.
Y tan cierto resulta lo dicho como que acaba de consumarse el mayor cachetazo a cualquier resabio de seriedad en esta nimiedad que es administrar vidas y recursos de los argentinos. En Santiago del Estero el gobernador Zamora ( llamado radical K ) no le importó que la propia constitución de su provincia le pusiera un límite a sus renovaciones y entonces ordenó a sus legisladores que son mayoría que votaran una ley por la cual podría seguir siendo candidato a gobernador. Debió ocurrir una inédita decisión de la Suprema Corte de Justicia de la nación para impedirle ser candidato pocos días antes de las elecciones. Ante la imposición, Qué cosa podía ocurrírsele al imaginativo Gerardo Morales ?.
Si. Acertó.
Designó candidata a gobernadora a su esposa Claudia Ledesma, en rotunda afirmación de la propiedad ganancial del gobierno de esa provincia. Luego de años de gobierno, Zamora solo cree que a la misma la puede gobernar él personalmente o su esposa, mas o menos lo mismo no.
No hay un dirigente santiagueño para el criterio de Zamora en condiciones de gobernar ese suelo. ¿ Raro nó ?
Y quien no imaginaba siquiera hace unos pocos meses llegar a ese cargo, hoy es la gobernadora electa por una mayoría arrolladora, como suele ocurrir en algunas provincias argentinas donde sus gobernantes ganan por mayorías que luego se ven como las comunidades mas relegadas del país. Las de mayores angustias.
Si la lección de como burlarse de la constitución que dejó la experiencia Kirchner ( sin hacer análisis de sus gestiones al frente del ejecutivo ) resultó invisible para el resto de la dirigencia nacional, ahora tienen a Santiago del Estero burlándose de una forma grosera, ya no solo de su constitución, sin de toda la justicia nacional.
En un país, donde los Códigos señalan como inválidos los testimonios que un cónyuge pueda brindar ante la justicia en una causa de su pareja, no puede seguir resultando válido para la política que la sucesión de un gobierno entre esposos resulte la alternancia que la Constitución estableció como requisito imprescindible para que el sistema democrático sea una forma de gobierno y no una mera declamación de principios.

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