Editorial: A cosechar lo sembrado

8 octubre, 2018 0 Por Grupo Tiempo

Particularidad extraña la de los argentinos en general la de procurar objetivos casi sin importar la elección de estrategias o metodologías que realmente ayuden en la dirección pretendida. Es muy habitual, casi cultural, confundir deseos e intenciones con herramientas idóneas.
Y la cuestión no resulta muy abordada ni analizada como merece. Es que la reiterada frustración de objetivos no alcanzados en la mayoría de los aspectos trascendentes de los argentinos y la natural decepción que esto genera, luego de décadas de imperar, lleva a esta desconfianza generalizada, a comportamientos sociales cada vez mas perjudiciales para el conjunto, a convertir el resultado en causa y entre otras cosas, a este cortoplacismo que nos invade donde ya no queda margen para proyectos serios, de largo aliento y en el que nos involucremos las grandes mayorías que son en definitiva las que cambian el destino de los pueblos, contrariamente al pensar tan sostenido entre nosotros, de que nuestras peripecias acabaran con tal o cual gobierno, de tal o cual signo, lo que ya ha sido largamente desmentido a lo largo de nuestra existencia como nación.
Las situaciones de los pueblos las modifican los comportamientos sociales y culturales de esos pueblos y no ocasionales gobiernos, por buenos o malos que sus gestiones resulten.
Ejemplos de lo antedicho brotan en abundancia. Veamos un caso futbolero: cada simpatizante, dirigente o allegado a un club desea ganar todo lo que juega. Desea!!!. Para ello no duda en que la mejor herramienta es mostrar un coraje raro como el de pegarle a cada rival que se cruce cerca, correr alocadamente y gritar mas fuerte que nadie. Estas características, salvo que solo sean matices que acompañen a los verdaderos instrumentos que son jugar bien a la pelota, tener coraje, que es no renunciar nunca a tratar de jugar mejor y entender que como toda actividad grupal quien debe lucir es el conjunto y para ello se requiere solidaridad, todo lo anterior es mentira que conduce a lo contrario de lo que se desea.
Vayamos al aspecto político. ¿Cuánto hace que la sociedad pone en el gobierno del país al adversario del que «no quiere ver mas en la casa Rosada»?. Desde el regreso de la democracia a nadie se lo eligió porque la mayoría confiara en sus virtudes y capacidades. Todos recibieron el premio del rechazo a sus adversarios mas competitivos. Alfonsín y los miedos a aquél peronismo, Herminio y algunos sindicalistas y sus pactos. Menem, como resultado de la decepción alfonsinista. Y tras la efímera vigencia del uno a uno, De la Rúa y la Alianza a la que le sobró con afirmar que estaba a 100 pasos de la casa de gobierno para un peronismo, que además le restó apoyo a su propio candidato. Y tras el interinato de Duhalde (¿Qué cosa extraña la de ser uno de los períodos de gobierno reciente donde por cierto hay varias cuestiones para destacar y no haber sido consagrado por el voto popular directo?) y la elección de un presidente que en las urnas quedó segundo con el 22 % de los votos. Y así se puede llegar hasta hoy: Cristina 2011 sin oposición seria alguna en las urnas (el socialismo como opción de gobierno en la Argentina no puede ser considerado una competencia seria) y finalmente la consagración del actual gobierno nacional por el mero y simple efecto de no permitir que siguiera en el gobierno quien lo ejercía. Y así seguimos hoy a un año de la renovación de autoridades, en idéntica situación. Aunque un poco mas agravada. Hoy el setenta por ciento de la sociedad «desea» para su (nuestra) argentina que no gane el «peor». Mas o menos por partes iguales solo apuestan a que no siga quien está o que no regrese su antecesor (a). Los méritos visibles del actual gobierno con ganas de proseguir es la tremenda corrupción anterior. Y la gran bandera de quienes pretenden retornar es la inmensa incapacidad en la gestión de los actuales.
Diagnóstico que a grandes rasgos nadie puede discutir seriamente. Ni de unos ni de otros.
¿Cómo es posible entonces que en nombre de «desear» lo mejor se inclinen por estas opciones?. ¿Y que hasta nos dividamos en esta llamada grieta solo por imponer que el otro es peor que nosotros?
¿Resulta tan culturalmente complejo comprender que la corrupción lleva a la inoperancia?. ¿Y que la in-capacidad y el descontrol conducen a la corrupción?.
Y que por eso son tan nocivos unos como otros. Y lo que mas nos cuesta aceptar: Esta realidad no se sostiene por el capricho de los Fernandez o los Macri. Se sostiene en el respaldo social que cualquier encuesta les otorga. Sin esas mediciones en favor de la ex presidenta, ya la oposición hubiera renovado cuadros y tal vez (tal vez) estaría en condiciones de ofrecer alguna alternativa mejor al electorado. Con otra preponderancia dirigencial, el actual oficialismo tal vez podría dar los giros que su gestión exige y proponerse para otro período con otro proyecto.
¿Pero si así les va bien?. Muy bien. A ellos. A los Fernandez y a los Macri… ¿Para qué cambiar?.
Lo extraño, y este es el espíritu de esta columna por si no se entendió es que así nos va muy mal a casi todos los argentinos. ¿Por qué no cambiar entonces desde donde hay que cambiar?.
Si ese setenta por ciento que se suman entre ambas orillas de la grieta, desapareciera, el país no se que-daría sin candidatos. Que nadie se preocupe. Al contrario, es posible que aparezcan quienes ganen la con-fianza por sus capacidades y virtudes.
Y por ganar la esperanza de ser la herramienta que mejor sirve al deseo del gran país que todos decimos sentir.
Mientras sigamos optando por instrumentos que ya han demostrado no ser los idóneos, nos seguiremos llenando la boca hablando de nuestras mejores intenciones. Pero en la práctica, somos los grandes responsables de estas decisiones largamente probadas como ineficaces. Y ahora, lo mas grave es que ya no podemos esgrimir que «nos engañaron con sus promesas». Nos han mostrado en la realidad y en la práctica unos y otros lo que pueden y (no) saben hacer.
Si no queremos verlo. Si no queremos aceptarlo. Si no queremos convencernos. Pues sigamos pagando los costos sin quejarnos tanto.
Al fin, solo cosechamos lo que sembramos.

(Editorial publicada en la edición de TIEMPO de Ranchos del sábado 06 de Octubre de 2018)